PLAGIOS PERIODISTAS Y ZOMBIES

plagioEn nuestra época el plagio tiene una connotación negativa, es considerado un acto poco ético que consiste en apropiarse de un discurso o una idea ajena y hacerla pasar como propia. Ningún ser humano que escriba una novela, pinte un cuadro o componga una canción lo hará utilizando exclusivamente su originalidad y partiendo de una base cero. El conocimiento se ha desarrollado durante miles de años y todos los hombres que viven dentro de una sociedad cuentan con un “back ground” de ideas y conceptos que fueron inventados por otras personas. «La constitución humana crea una tendencia a las cenizas y al olvido.» En definitiva todos los hombres y mujeres son plagiarios, y esto es lo que permite que el conocimiento no se detenga, siga desarrollándose y sea más accesible para todo el mundo. Cada persona le agrega algo nuevo y particular a lo que ya está escrito. Lo anterior no significa que sea correcto, por ejemplo, copiar textualmente un artículo que ya haya sido publicado. Esto no aporta nada nuevo y no tiene ninguna utilidad más que el beneficio económico y personal del imitador en el caso de que no sea descubierto. Pero si por ejemplo, un autor toma algunas frases escritas en otro u otros textos y les agrega información o las utiliza para afirmar sus propias ideas, esto no tendría por qué ser considerado como algo negativo.
Plagiar también puede significar admiración por otra persona, una especie de homenaje hacia una obra. El plagio no siempre estuvo mal visto, antes de la Ilustración era considerado útil porque contribuía a la distribución de las ideas. La imitación de los grandes maestros era vista como una vía de aprendizaje y las obras preexistentes estaban a disposición de quien pudiera agregar algo o mejorar sus contenidos. Además no hay que olvidar que según la estética clásica el arte es una imitación y por lo tanto acepta plenamente el plagio artístico.

La recombinación de las ideas de los otros se convierte en algo despreciable cuando su objetivo es adulterar la verdad con el único propósito de obtener un beneficio. El periodismo es una de las áreas en las que tiene más relevancia el hecho de citar las fuentes, porque el periodista se presenta como abanderado del testimonio imparcial de la realidad. El periodista se refiere a hechos reales y a personas reales. En este caso el redactor debe citar las fuentes y entrecomillar los dichos de los entrevistados, no tanto por una cuestión ética o moral, sino para preservarse a si mismo y no involucrarse con palabras que pueden comprometerlo evidentemente su profesionalidad y criterio le permiten omitir o ensalzar acontecimientos puntuales. El periodista crea su imagen de la realidad, por medio de las apariencias, debe ocultar sus intereses presentándose como una voz objetiva. Por eso se vale de las citas textuales que lo resguardan de la responsabilidad de lo dicho.
En conclusión, el plagio no debería ser un delito porque, en la mayoría de los casos, no alberga malas intenciones, simplemente pretende agregar un granito de arena a lo que ya fue dicho y también ayudar a que el conocimiento y las ideas particulares pueda llegar a sectores que no podrían acceder de otro modo. Los libros los publican, en su mayor parte, los escritores, y la gran mayoría, siendo puramente ejercicios verbales, desaparecen y se olvidan. Reconozco que existe el riesgo real de que; en el proceso de reanimación de ideas olvidadas generalmente se pierdan lo “matices” originales y creemos zombies.

Somos el 99%

Como todo eslogan publicitario, la consigna “Somos el 99%” debe su eficacia no a lo que dice, sino a lo que no dice. Lo que no dice es la identidad del 1% de poderosos. Lo que caracteriza al 1% es que están organizados. Se organizan incluso para organizar la vida de los demás. La verdad de este eslogan es bastante cruel, y es que el número aquí no marca nada: podemos ser 99% y estar perfectamente dominados. Uno deja de ser pobre desde el momento en que comienza a organizarse. Existe una diferencia considerable entre una masa y una masa determinadas a actuar. Organizarse es actuar según una percepción común, al nivel que sea. Ahora bien, lo que le hace falta a la situación no es la “cólera de la gente” o la escasez, no es la buena voluntad ni la difusión de la conciencia crítica. Lo que hace falta es una percepción compartida de la situación. Sin esta argamasa, los gestos se borran sin huella en la nada, las vidas tienen la textura de los sueños y los levantamientos acaban reducidos a una fecha y un lugar en los libros escolares. La profusión cotidiana de informaciones, para unos alarmantes y para otros simplemente escandalosas, modela nuestra aprehensión de un mundo globalmente ininteligible. Su aspecto caótico es la niebla de la guerra tras la cual ésta se hace inatacable. Es por su aspecto ingobernable que es realmente gobernable. Ahí está la artimaña. Adoptando la gestión de crisis como técnica de gobierno, el capital no ha sustituido simplemente el culto al progreso con el chantaje de la catástrofe, sino que ha querido reservarse la inteligencia estratégica del presente, la visión general de las operaciones en curso. Esto es lo que importa disputarle. De lo que se trata, en materia de estrategia, es de volver a darnos dos golpes de ventaja sobre la gobernanza global. No hay “crisis” alguna de la que haría falta salir, hay una guerra que nos es crucial ganar. Una inteligencia compartida de la situación no puede nacer de un solo texto, sino de un debate y para que un debate tenga lugar hace falta organizar las ideas propias aportar elementos que permitan establecer una red de pensamiento y criterio propios difícil de derribar por las plantillas deformadoras de opinión de los grandes medios de información.

La gestión de crisis como modo de gobierno.

“Si quieres imponer un cambio, desata una crisis”. El poder, lejos de acobardarse ante las crisis, se ensaña en producirlas experimentalmente. “Dónde y cuándo” es una cuestión de oportunidad o de necesidad táctica. Tanto sirven “manadas” como pandemias como unos volcanes para redirigir la a un punto concreto la atención de los individuos. Es un hecho que la «crisis de deudas soberanas” fue disparada por un hombre que era por entonces un agente oficialmente remunerado por el FMI, institución que supuestamente “ayuda” a los países a salir de las crisis. Se trataba de experimentar en un país europeo una política de “ajustes estructurales” a gran escala. Un proyecto neoliberal que continua gestándose y con la pretensión de una completa remodelación de la sociedad internacional. Con su connotación médica, la crisis fue durante toda la modernidad esa cosa natural que ocurría de manera inesperada o cíclica, fijando el plazo para tomar una decisión, una decisión que pondría término a la inseguridad general de la situación crítica. El final era feliz o desafortunado, según la idoneidad de la medicación aplicada. El momento crítico era también el momento de la crítica: el breve intervalo en el que quedaba abierto el debate acerca de los síntomas y la medicación. Actualmente ya no hay nada de esto. El remedio ya no está ahí para poner fin a la crisis. Por el contrario, la crisis es desencadenada con vistas a introducir el remedio. Ahora se habla de “crisis” a propósito de aquello que se tiene la intención reestructurar, así como se designan como “terroristas” a aquellos que uno se prepara a golpear.

El discurso de la crisis entre los neoliberales, es el momento vivificante de la “destrucción creadora”, creadora de oportunidades, de innovación, de empresarios de entre los cuales sólo los mejores, los más motivados, los más competitivos, sobrevivirán. “Éste puede ser en el fondo el mensaje del capitalismo: la ‘destrucción creadora’, el rechazo de tecnologías obsoletas y los viejos modos de producción en favor de los nuevos son la única manera de elevar los niveles de vida.

El capitalismo crea un conflicto en cada uno de nosotros. Somos alternativamente el agresivo empresario y el teleadicto de sofá que, en lo más profundo de sí mismo, prefiere una economía menos competitiva y estresante, en la cual todo el mundo ganaría lo mismo. Por otro lado, el discurso de la crisis interviene como método político de gestión de poblaciones. La reestructuración permanente de todo, tanto de los organigramas como de la asistencia social, tanto de las empresas como de los barrios, es la única manera de organizar, a través de un desquiciamiento constante de las condiciones de existencia, la inexistencia del partido adverso. La retórica del cambio sirve para desmantelar toda costumbre, para destrozar todos los vínculos, para desconcertar toda certeza, para disuadir toda solidaridad, para mantener una inseguridad existencial crónica. Corresponde a una estrategia que se formula en estos términos: “Prevenir mediante la crisis permanente toda crisis efectiva. ”Esto es similar, a escala de lo cotidiano, a la práctica contra-insurreccional bien conocida del “desestabilizar para estabilizar”, que consiste, en lo que respecta a las autoridades, en suscitar voluntariamente el caos a fin de hacer del orden algo más deseable que la revolución.

Mantener a la población en una suerte de estado de shock permanente asegura la estupefacción, la negligencia a partir de la cual se hace de cada uno y de todos casi cualquier cosa que se desee. En ingeniería social, la “depresión constante del individuo” es el producto, no su efecto colateral. Creo que queda claro que la “crisis” no es un hecho económico, sino una técnica política de gobierno. No vivimos la crisis del capitalismo, sino su triunfo Hay que entender que cada “crisis” (natural o provocada) es gestionada bajo la consigna irrenunciable de que el sistema salga reforzado. Ahora todas las cosas se miden en comparación con su Inminente colapso. Cuando se reduce la paga del trabajador, se alega que la otra opción es que deje de cobrar del todo. Cada vez que se alarga el período de cotización de los asalariados, se hace con el pretexto de “salvar el sistema de pensiones”. La crisis presente, permanente y omnilateral, ya no es la crisis clásica, el momento decisivo. Es, por el contrario, fin sin fin, apocalipsis de larga duración, suspensión indefinida, aplazamiento eficaz del derrumbamiento efectivo, y, por esto, estado de excepción permanente. La crisis actual ya no promete nada; al contrario, tiende a liberar a quien gobierna de toda restricción respecto a los medios que son desplegados.

La sombra del astro oscuro.

Las épocas son orgullosas. Cada una pretende ser única. El orgullo de la nuestra es el haber realizado la colisión histórica de una crisis ecológica planetaria, una crisis política generalizada de las democracias y una inexorable crisis energética, todo ello coronado por una crisis económica mundial rampante, aunque “sin equivalentes desde hace un siglo”. Y esto halaga, esto agudiza, nuestro deleite de vivir una época como ninguna otra. Desde los comienzos de los años 70, vivimos bajo la sombra del astro oscuro de la crisis integral. Así pues, si el séptimo sello fue levantado en un momento preciso, esto no data del día de ayer. La población debe estar lista para toda eventualidad, una catástrofe nuclear o natural, una avería generalizada del sistema o una insurrección.

“Si estás preparado para un apocalipsis zombi, estás preparado para cualquier situación de emergencia. ”En el cine, las masas de zombis sublevados sirven crónicamente como alegoría de la amenaza de una insurrección generalizada de la masa boba. Es pues sin duda para eso para lo que hay que estar preparado. Ahora que ya no existe una amenaza soviética que esgrimir para asegurar la cohesión psicótica de los ciudadanos, todo es bueno para hacer que la población esté preparada para defenderse, es decir, para defender el sistema. Mantener un espanto sin fin para prevenir un fin espantoso. Toda la falsa consciencia occidental se encuentra resumida en un comic. Es evidente que la mera preocupación por sobrevivir, la angustia económica por carecer de todo o el sentimiento de una forma de vida propiamente insoportable no es lo que vendrá después de la catástrofe, sino aquello que anima ya la lucha por la supervivencia de cada individuo bajo un régimen neoliberal.

La vida menoscaba, no es aquello que nos amenaza, sino aquello que ya está ahí, cotidianamente. Todos lo ven, todos lo saben, todos lo sienten. Los Walking Dead son los asalariados. Si esta época enloquece por unas escenificaciones apocalípticas, que ocupan buena parte de la producción cinematográfica, esto no es solamente por el goce estético que este género de distracción autoriza. Nada salvo la destrucción universal, la muerte de todo, puede procurar al empleado urbanizado el remoto sentimiento de estar con vida.

Llegado el momento !Salvad mi iPhone!

El problema que plantea el cambio climático no es cómo el departamento de Defensa va a prepararse para las guerras por los recursos. El problema no se resolverá con la compra de un coche híbrido, la firma de tratados o apagando el aire acondicionado. El mayor problema es filosófico, se trata de comprender que nuestra civilización está muerta.” En realidad, hace ya un siglo que el diagnóstico clínico del fin de la civilización occidental fue establecido, y ratificado por los acontecimientos. Disertar en este sentido sólo ha sido desde entonces una manera de justificar la catástrofe que somos nosotros, la catástrofe que es Occidente. No se busca dominar sino aquello que se teme; solo así se comprende que hayamos puesto tantas barreras entre nosotros y la naturaleza. Al sustraerse de la realidad, aquello que es “natural”, el hombre occidental ha convertido su realidad en extensión desolada, nada sombría, hostil, mecánica y absurda, que debe trastornar sin cesar por medio de su trabajo, por medio de un activismo canceroso, por medio de una histérica agitación de superficie. Arrojado sin tregua de la euforia al estupor y del estupor a la euforia.

Intentamos remediar nuestra ausencia en el mundo con toda una acumulación de especializaciones, de prótesis, de relaciones, con todo un montón de chatarra tecnológica al fin y al cabo incapaz de padecer una realidad que, por todas partes, lo supera. Para un hombre comprender el mundo consiste en reducirlo a lo humano, en marcarlo con su sello. El hombre occidental intenta inútilmente hacer coherente su divorcio con la existencia, consigo mismo, con “los otros”, denominándolo su “libertad”, El hombre es uno más de los elementos que conforman la naturaleza y necesita de ella para su existencia aunque el contacto con ella sea insignificante. El vínculo afectivo del hombre con lo natural a nivel cuantitativo es residual. La vida en el fondo, le da nauseas. Es de todo aquello que lo real contiene de inestable, de irreductible, de palpable, de corporal, de pesado, de calor y de fatiga, de lo que ha conseguido protegerse, arrojándolo al plano ideal, visual, distante, virtual, sin fricción ni lágrimas, sin muerte ni olor. Gracias a la pantalla de su ordenador. La mentira de toda la apocalíptica occidental consiste en arrojar al mundo el duelo que nosotros no podemos rendirle. No es el mundo el que está perdido, somos nosotros los que hemos perdido el mundo y lo perdemos incesantemente; no es él, el que pronto se acabará, somos nosotros los que estamos acabados, amputados, atrincherados, somos nosotros los que rechazamos de manera alucinatoria el contacto vital con lo real.

La crisis no es económica, ecológica o política, la crisis es presencial.

…El iPhone concentra en un solo objeto todos los accesos posibles al mundo y a los demás; es la lámpara y la cámara fotográfica, el nivel de albañil y el estudio de grabación del músico, la tele y la brújula, el guía turístico y medio de comunicación; es la prótesis impermeable que protege de los cantos de la realidad, que permite un estado de semipresencia constante, una burbuja autista cómoda, que retiene en sí misma y en todo momento una parte de mi estar-ahí. «Mi legado» en el caso que tras el colapso la humanidad consiga recomponerse.

La joya de la creación.

A un paso de su demencia, el Hombre se ha proclamado una “fuerza geológica”; ha llegado hasta a darle el nombre de su especie a una fase de la vida del planeta: ha comenzado a hablar de “Antropoceno”. Se atribuye el rol principal incluso acusándose de haberlo destrozado todo, incluso golpeándose el pecho por la extinción sin precedentes de las especies vegetales y animales.

Calcula la velocidad a la que desaparecen las masas de hielo flotante. Mide la exterminación de las formas de vida no humanas. No habla del cambio climático desde su experiencia sensible: tal pájaro que ya no vuelve en el mismo período del año, tal insecto cuyas estridulaciones ya no se escuchan, tal planta que ya no florece al mismo tiempo que tal otra. Habla de todo esto con cifras, promedios, científicamente. Piensa que ha dicho algo crucial al haber establecido que la temperatura va a elevarse tantos grados y que las precipitaciones van a disminuir tantos milímetros. Habla incluso de “biodiversidad”. Observa la rarefacción de la vida terrestre desde el espacio. Lleno de orgullo, pretende ahora, paternalmente, “proteger el medio ambiente”, que no le ha pedido tanto. Hay muchos motivos para creer que aquí reside su última huida hacia adelante.

El desastre objetivo nos sirve en primer lugar para ocultar otra devastación, aún más evidente y masiva. El agotamiento de los recursos naturales está probablemente bastante menos avanzado que el agotamiento de los recursos subjetivos, de los recursos vitales, que afecta a nuestros contemporáneos. Si tanto se complacen detallando la devastación del medio ambiente, es también para velar la aterradora ruina de las interioridades. Cada derrame de petróleo, cada llanura estéril y cada extinción de una especie es una imagen de nuestras almas harapientas, un reflejo de nuestra ausencia en el mundo, de nuestra íntima impotencia para habitarlo.

El mundo está cansado de la humanidad, esa especie que se ha creído la joya de la creación, que se ha estimado con total derecho a devastarlo todo, puesto que todo le correspondía. “Poner lo humano en el centro” fue el proyecto occidental. Ya sabemos a dónde ha llevado. No hay duda que ha llegado el momento de abandonar el barco, de traicionar a la especie.

Los TMS o Garantes del statu quo.

El 21 de diciembre de 2012, no menos de trescientos periodistas provenientes de dieciocho países invadieron el pequeño pueblo de Bugarach, una pequeña aldea del sureste de Francia situada junto a un peñasco que supuestas profecías sitúan como el único lugar que se salvaría del apocalipsis previsto para esa misma fecha. Ningún calendario maya conocido hasta había jamás anunciado para esa fecha el final de los tiempos. El rumor de que ese pueblo mantendría la menor relación con esa inexistente profecía formaba parte de una notoria farsa. No obstante, las televisiones del mundo entero despacharon hacia allí varias armadas de reporteros. Tenían curiosidad por ver si en ese lugar había, verdaderamente, gente que creyera en el fin del mundo.

Ese día en Bugarach no había nadie, nadie salvo un gran número charlatanes profesionales del panfleto, creando la dosis diaria de espectáculo para las masas. Los periodistas se reunieron para hacer un reportaje sobre ellos mismos, de su espera sin objeto, de su aburrimiento y del hecho de que nada sucedía. Sorprendidos por su propia trampa, dejaban ver el rostro del verdadero fin del mundo.

Nada es más viejo que el fin del mundo. La pasión apocalíptica no ha dejado de tener, desde tiempos muy remotos, el favor de una gran mayoría que hoye pero considera que escuchar no merece el esfuerzo. La novedad está en que vivimos una época donde la apocalíptica ha sido integralmente absorbida por los «TMS» (tecnicos de mantenimiento del sistema), y puesta al servicio del poder. El horizonte de la catástrofe es aquello a partir de lo cual somos gobernados actualmente. La profecía apocalíptica, ya sea económica, climática, terrorista o nuclear, sólo es anunciada si se afloja la correa a los medios que son capaces de conjurarla. Ninguna organización, ni política ni religiosa, jamás se ha reconocido derrotada porque los hechos desmintieran sus profecías. Pues la meta de la profecía nunca es tener razón sobre el futuro, sino operar sobre el presente: imponer aquí y ahora la espera, la pasividad, la sumisión. Siempre hay otra catástrofe que se solapa a la que ya está presente. Son las oportunidades de negocio y redito político las que condicionaran como la nueva crisis va a ser resuelta. Solidaridad, humanidad, ayuda, no es otra cosa que la etiqueta que se elige con el fin de llevar a buen puerto un sofisticado (en ocasiones burdo) plan de negocio. Nada se mueve sin la obtención de un porcentaje del presupuesto destinado a “resolver” la crisis de turno. Usualmente se presume que las relaciones entre las personas, en situación de emergencia, ponen de manifiesto su profunda y eterna bestialidad. En todo terremoto devastador, en todo crac económico o en todo “ataque terrorista”, se desea ver confirmada la vieja quimera del estado de naturaleza y su cortejo de exacciones incontrolables. La voz del sistema (periodismo y cultura del entretenimiento) condiciona al individuo para que que, en el momento en que ceden los finos diques de la civilización, florezca el “fondo villano del hombre” las malas pasiones, la “naturaleza humana”, envidiosa, brutal, ciega y odiosa que, sirve como argumento a los defensores del poder fantasma, desdichadamente desmentido por la mayoría de los desastres históricamente conocidos. La caída de la civilización, por lo general, no toma la forma de una guerra caótica de todos contra todos. Ese discurso hostil sólo sirve, en situaciones de catástrofe severa, para justificar la prioridad acordada de la defensa de la propiedad contra el saqueo, mediante la policía, el ejército o, a falta de algo mejor, mediante milicias de vigilantes formadas para la ocasión.

Por el contrario, la descomposición de este mundo, asumida como tal, abre el camino a otras maneras de vivir, incluso en plena “situación de emergencia.

-El mundo se levantó una mañana y todo era diferente. Ya no había electricidad y todas las tiendas estaban cerradas. Nadie tenía acceso a los medios de comunicación. Debido a esto todo el mundo se encontró en las calles para hablar e intercambiar testimonios. No fue realmente una fiesta callejera, pero todo el mundo estaba afuera al mismo tiempo; con alegría, en cierto sentido, de ver a toda esa gente que entonces no conocía-.Las comunidades minoritarias formadas espontáneamente en Nueva Orleans en los días que siguieron al Katrina como respuesta al desprecio de los poderes públicos y a la paranoia de las agencias de seguridad, los vecinos y sus vecinos, se organizaron cotidianamente para alimentarse, sanarse, vestirse, e incluso para saquear algunas tiendas.

La ayuda no llega como compromiso del estado hacia el ciudadano sino con el propósito de que este valore volver al orden establecido, como la mejor por no decir la única opción.

Sería conveniente replantearnos el concepto inculcado, sobre las consecuencias de un “cambio” capaz de abrir una brecha en el curso del desastre programado. Empezando por purgarlo de todo aquello que ha contenido, hasta ahora de apocalíptico. Todos los gobiernos en su incapacidad organizativa y gestora han recurrido a la propaganda hipocondríaca sobre el establecimiento bajo su mandato de una era de paz y de abundancia donde ya no habría nada que temer, donde las contradicciones serían por fin resueltas. Ciencia y la industria se han propuesto como las herramientas creadoras de una sociedad próspera, íntegramente automatizada y finalmente apaciguada. Algo así como un paraíso terrestre organizado sobre el modelo de un sanatorio psiquiátrico Un ideal que sólo puede venir de seres profundamente enfermos que ya ni siquiera aspiran ni ellos mismos a curarse. Un problema puede tener una solución extremadamente compleja pero si entendemos que no tiene solución, es otra cosa; nunca un problema. El estado de excepción en el que vivimos no es algo a denunciar, es algo a volver no contra las ambiguas cúpulas del poder sino contra el sistema establecido y sus voceros.

Poder Popular, vísceras y razonamiento.

Un hombre muere asesinado por la policía. Es un anónimo, un desempleado, un estudiante. Se dice que es un “joven”, que tenía 16 ó 30 años. Se dice que es un joven porque no es socialmente nada, y puesto que uno está a punto de volverse alguien al momento de volverse adulto, los jóvenes son justamente los que siguen sin ser nada. Un hombre muere, un país se subleva. Lo primero no es causa de lo segundo, sólo el detonador. El nombre del muerto se vuelve, en esos días, en esas semanas, el nombre propio del anonimato general, de la común desposesión. Y la insurrección es primeramente la obra de quienes no son nada, de quienes vagabundean en los cafés, en las calles, en la vida, en la facultad, en Internet. Hace que se agregue cualquier elemento fluctuante, plebeyo y después pequeño burgués, que secrete en exceso la ininterrumpida desagregación de lo social. Todo cuanto era considerado como marginal, dejado atrás o sin porvenir, regresa al centro. fueron los “locos”, los “perdidos”, los “buenos para nada”, los “freaks” quienes esparcieron primero la noticia de la desafortunada muerte de su compañero. Se montaron en las sillas, en las mesas, en los monumentos, de todos los lugares públicos, de toda la ciudad. Con sus arengas, hicieron que se sublevara todo lo que estaba dispuesto a escucharlos. Justo detrás de ellos, fueron los estudiantes quienes entraron en acción, los mismos que no aguardan ninguna esperanza de algún tipo de carrera. El levantamiento dura algunos días o algunos meses, conduce a la caída del régimen o a la ruina de todas las ilusiones de paz social.

El levantamiento mismo es anónimo: ningún líder, ninguna organización, ninguna reivindicación, ningún programa. Las consignas, cuando las hay, parecen agotarse en la negación del orden existente, y suelen ser abruptas: “¡Largaros!”, “¡El pueblo quiere la caída del sistema!

En la televisión, en la radio, los oráculos martillean con su retórica de siempre: son sólo bandas extremistas de rompe-vidrios o vándalos, terroristas salidos de ninguna parte, sin duda pagados por por grupos extremos. Lo que se subleva no tiene a nadie que colocar en el trono como reemplazo, aparte, tal vez, de un signo de interrogación. No son ni los excluidos, ni la clase obrera, ni la pequeña burguesía, ni las multitudes quienes se sublevan. Nada que tenga bastante homogeneidad como para admitir a un representante. No hay ningún nuevo sujeto revolucionario cuya emergencia habría escapado, hasta entonces, a los observadores. Si se dice entonces que “el pueblo” está en la calle, no es un pueblo que habría previamente existido, al contrario, es el que previamente faltaba. No es “el pueblo” quien produce el levantamiento, es el levantamiento quien produce su pueblo, al suscitar la experiencia y la inteligencia común, el tejido humano y el lenguaje de la vida real que habían desaparecido.

En Egipto, el 25 de enero de 2011, cientos de miles de jóvenes se tomaron las calles para protestar contra el régimen del presidente Hosni Mubarak. El epicentro fue la icónica plaza Tahrir de El Cairo, donde se originó un bastión revolucionario que desafió a las fuerzas de seguridad. Allí los jóvenes coreaban al unísono «Pan, libertad y justicia social» . Los insurgentes de El Cairo en su mayoría no tenían ninguna vinculación con grupos revolucionarios antes de la “revuelta”, sólo fueron individuos que tuvieron que organizándose para enfrentarse con la policía; es por haber ocupado un rol tan eminente durante sus días de protesta que se encontraron forzados a plantearse, durante la situación, las preguntas habitualmente reservadas a los “revolucionarios”.

En esto reside el acontecimiento: no en el fenómeno mediático que se ha forjado para vampirizar la revuelta por medio de su celebración externa, sino en los encuentros que se han producido efectivamente en ella. Esto es lo que resulta bastante menos espectacular que “el movimiento” o “la revolución”, pero más decisivo. Nadie sabría decir lo que puede un encuentro. Es así como las insurrecciones se prolongan, molecularmente, imperceptiblemente, en la vida de los barrios, de los colectivos, de las okupas, de los “centros sociales”, de los seres singulares, en Brasil al igual que en España, en Chile al igual que en Grecia. No porque pongan en marcha un programa político, sino porque ponen en movimiento unos devenires revolucionarios. Porque lo que fue vivido en ellas brilla con un resplandor tal que quienes hicieron su experiencia tienen que serle fieles, sin separarse, construyendo eso mismo que, a partir de ahí, le hace falta a su vida de antes.

Si en España el movimiento de ocupación de plazas, tras haber desaparecido de la pantalla-radar mediática, no se hubiera proseguido con todo un proceso de puestas en común y de autoorganización en los barrios de Barcelona y de otras partes, la tentativa de destrucción de la ocupación de Can Vies en junio de 2014 no habría sido un fracaso tras tres días de motines por parte de todo el barrio de Sants, y no se habría visto a toda una ciudad participar con un solo movimiento en la reconstrucción del lugar atacado. Simplemente habrían sido unos cuantos okupas protestando en la indiferencia contra una enésima expulsión.

A finales de mayo de 2014, TMB tras ganar un juicio civil contra la ocupación del edificio y llegar a un desacuerdo en la negociación, ordenó su desalojo y derribo. Miles de ciudadanos se acercaron a proteger el edificio, dando lugar a manifestaciones y disturbios con la policía. Se consiguió paralizar la orden de desalojo y comenzó su reconstrucción.

Lo que se construye aquí no es ni la “nueva sociedad” en su estadio embrionario ni la organización que derrocará finalmente el poder para constituir uno nuevo, es la potencia colectiva que, mediante su consistencia y su inteligencia, condena el poder a la impotencia, desbaratando una por una todas sus maniobras. Por lo general, los revolucionarios suelen ser esos mismos a los que las revoluciones tomaron por completa sorpresa. Pero en las insurrecciones contemporáneas se da algo que los desconcierta de una manera particular: ellas no parten ya de ideologías políticas, sino de verdades éticas. Éstas son dos palabras cuyo acercamiento suena a cualquier mente moderna tan contradictorio como un oxímoron. Establecer lo que es verdadero corresponde al papel de la ciencia, la cual no tiene nada que ver con nuestras normas morales y demás valores. Una verdad, es un puente sólido que se encuentra encima del abismo, un enunciado que describe adecuadamente el Mundo. El lenguaje, lejos de servir para describir el mundo, nos ayuda más bien a construir uno. Las verdades éticas no son así verdades sobre el Mundo, sino las verdades a partir de las cuales nos mantenemos en él. Son verdades, afirmaciones, enunciadas o silenciosas, que se experimentan pero no se demuestran. “uno siempre tiene derecho a rebelarse”. Son verdades que nos vinculan, con nosotros mismos, con lo que nos rodea y los unos a los otros. Nos introducen a una vida común, a una existencia indivisible, que no tiene consideraciones por las paredes ilusorias de nuestro Yo. Aquello que nosotros amamos, aquello a lo que estamos unidos (seres, lugares o ideas) forma de igual modo parte de nosotros, porque no nos reducimos a un Yo que alberga el tiempo de una vida en un cuerpo físico limitado por su piel. Cuando el mundo es golpeado, somos nosotros mismos quienes somos atacados.

Paradójicamente, incluso donde una verdad ética se enuncia como un rechazo, el hecho de decir “¡No!” nos coloca de lleno en la existencia. No menos paradójicamente, el individuo se descubre en ella como algo tan poco individual que a veces basta con que uno solo se suicide para hacer volar en pedazos todo el edificio de la mentira social.

El gesto de Mohamed Bouazizi inmolándose ante la prefectura de Sidi Bouzid lo demuestra de manera suficiente.

El 17 de diciembre de 2010, la policía tunecina confiscó los bienes de trabajo de Bouazizi (la carreta, la báscula y sus productos) por no tener un permiso para tal negocio a pesar de que el director de la oficina estatal para el empleo en Sidi Bouzid, había declarado que no es necesario un permiso para vender con una carreta. La policía le agredió físicamente, fue abofeteado y escupido por la oficial Faida Hamdi y sometido al suelo Ese mismo día, intentó presentar una queja ante las autoridades municipales, así como pedir la autorización y la restitución de sus bienes. No le hicieron caso, alegando que el funcionario a cargo estaba en una reunión.

Bouazizi amenazó con prenderse fuego si no le concedían esa cita, pero fue ignorado. Posteriormente consiguió una lata de pintura inflamable en una gasolinera cercana. Una hora después del altercado), gritó en la plaza, en medio del tráfico: «¿Cómo esperan que me gane la vida?

Se roció con el contenido de la lata enfrente del Palacio de Gobierno y se prendió fuego Su potencia de conflagración se debe a la afirmación demoledora que él encierra. Él dijo: “La vida que nos es impuesta no es digna de ser vivida”, “No nacimos para dejarnos humillar así por la policía”, “Podrán reducirnos a no ser nada, pero jamás nos quitarán la parte de soberanía que pertenece a los vivos”.

Mirad cómo nosotros, nosotros los ínfimos, nosotros los apenas existentes, nosotros los humillados, estamos más allá de los miserables medios por los que técnicos de mantenimiento del sistema defienden al parasito, a cambio una cucharada extra de lentejas y ocasionalmente una leve mueca de agradecimiento del amo.

Insurrectos e Indignados

Lo que está en juego en las insurrecciones contemporáneas es la cuestión de saber qué es una forma deseable de la vida, y no la naturaleza de las instituciones que la sobrevuelan con una mirada omnisciente. Pero reconocerlo implicaría inmediatamente reconocer la nulidad ética de Occidente o tras tal o cual levantamiento, al supuesto retraso mental de las poblaciones. Sería necesario, por el contrario, razonar que la fuerza de los islamistas reside justamente en el hecho de que su ideología política se presenta primeramente como un sistema de preceptos éticos. Dicho de otra manera, si tienen un mayor éxito que los demás políticos, es justamente porque no se colocan centralmente en el terreno de la política. Partiendo de esta base es menos costoso encontrar cierta coherencia, cada vez que un adolescente musulmán prefiere unirse a las filas de los “yihadistas” antes que a la de los asalariados del sector terciario.

En 2012 en Eslovenia en la tranquila ciudad de Máribor, estallo una grave revuelta callejera. Su punto de partida fue la revelación de que el muy creciente número de radares de carretera instalados por toda la ciudad por una Empresa privada cercana al poder se embolsaba la casi totalidad de las multas.

¿Puede haber algo menos “político”, como punto de partida de una insurrección, que una cuestión de radares de carretera?

Pero ¿puede haber algo más ético que el rechazo a dejarse esquilar como borregos?

La importancia del tema de la corrupción, reinante en la mayoría de todas las revueltas contemporáneas, demuestra que éstas son éticas antes que ser políticas, o que son políticas precisamente en hecho que desprecian la política, incluyendo la política radical.

La cuestión de la austeridad se sitúa en el terreno de un  brutal desacuerdo ético sobre qué es vivir y qué es vivir bien. Dicho resumidamente: ser austero, en los países de cultura protestante, es más bien tomado como una virtud; ser austero, en una buena parte del sur de Europa, es en el fondo ser alguien pobre. Lo que pasa actualmente no es sólo que algunos quieren imponer a otros una austeridad económica que éstos no quieren. Pasa que algunos consideran que la austeridad es, en términos absolutos, una cosa buena, mientras que los otros consideran, sin atreverse realmente a decirlo, que la austeridad es, en términos absolutos, la miseria.

Lo que hace falta es más bien asumir el verdadero meollo del conflicto: una cierta idea protestante de la felicidad (ser trabajador, ahorrador, sobrio, honesto, diligente, moderado, modesto, discreto) es algo que quiere imponerse por todas partes en Europa. Lo que hay que oponer a los planes de austeridad es otra idea de la vida, que consista, por ejemplo, en compartir antes que en economizar, en conversar antes que en no decir palabra, en luchar antes que en sufrir, en celebrar nuestras victorias antes que en defenderse de ellas, en entrar en contacto antes que en ser reservado.

El hecho de asumir el buen vivir como afirmación política. Por un lado traza un claro contorno entre el a favor de qué y el en contra de qué se lucha; por el otro, deja serenamente al descubierto otras mil maneras en las que puede entenderse la “vida buena”, maneras que por ser diferentes no son sin embargo enemigas entre sí, al menos no necesariamente.

La retórica occidental no ofrece ningún tipo de sorpresas. Cada vez que un levantamiento masivo consigue abatir a un sátrapa que hasta ayer era presuntamente honorado, sucede que el pueblo “aspira a la democracia”. “La lucha” es bastante más amplia que la obtención de una democracia parlamentaria bien engrasada.

No porque se luche contra un tirano se lucha por la democracia; se puede de igual modo luchar por otro tirano, el califato o por la simple alegría de luchar. Pero sobre todo, si existe una cosa que no tiene nada que ver con cualquier principio aritmético de mayoría, son sin duda alguna las insurrecciones, cuya victoria depende de criterios cualitativos: determinación, coraje, confianza en uno mismo, sentido estratégico, energía colectiva.

Si las elecciones forman desde hace dos buenos siglos el instrumento más recurrido, después del ejército, para mandar a callar a las insurrecciones, es sin duda porque los insurrectos jamás son una mayoría. En cuanto al pacifismo que se asocia tan naturalmente a la idea de democracia, hace falta de igual modo dejar en esto la palabra a los insurrectos de El Cairo: “Los que dicen que la revolución egipcia fue pacífica no vieron los horrores que la policía les infligió, tampoco vieron la resistencia e incluso la fuerza que los sublevados utilizaron contra la policía para defender sus ocupaciones y sus espacios. Según el propio testimonio del gobierno: 99 comisarías fueron incendiadas, miles de automóviles de policía destruidos, y todas las oficinas del partido dirigente fueron quemadas.” La insurrección no respeta ninguno de los formalismos, ninguno de los procedimientos democráticos. Impone, como cualquier manifestación de magnitud, su propio uso del espacio público. Es, como cualquier huelga determinada, política del hecho consumado. Es el reino de la iniciativa, de la complicidad práctica, del gesto; la decisión se da en la calle que la arrastra, recordando a quien lo hubiera olvidado que

“popular” viene del latín populor, “asolar, devastar”.

Es la plenitud de la expresión (en los cantos, en los muros, en las tomas de palabra, en los combates), y la nada de la deliberación.

El milagro de la insurrección reside tal vez en que al mismo tiempo que disuelve la democracia como problema, se manifiesta inmediatamente un más allá de ella.

En efecto, todo iría bien si la retórica democrática no fuera más que una voz que emana de los cielos y que se inserta desde el exterior sobre cada levantamiento, ya sea por los gobiernos o bien por quienes intentan sucederlos. La escucharíamos con indulgencia, como a la homilía del sacerdote, atacados de la risa.

Está claro que esa retórica tiene un alcance efectivo sobre las mentes, sobre los corazones, sobre las luchas, como lo testimonia ese movimiento llamado “de los indignados” del que tanto se habló.

En la primera semana de ocupación de la Puerta del Sol, se hacía referencia a la plaza Tahrir, pero de ningún modo al inofensivo opúsculo del socialista Stéphane Hessel, que sólo hace la apología de una insurrección ciudadana de las “conciencias” a fin de conjurar la amenaza de una insurrección verdadera. Es sólo tras una operación de recodificación conducida desde la segunda semana de ocupación por el periódico El País, (ligado al sector socialista (del tándem PP/PSOE) que ese movimiento recibió su quejumbroso título, es decir, una considerable parte de su eco y lo esencial de sus límites. Esto vale también, por otra parte, para Grecia, donde los que ocupaban la plaza Sintagma rehusaban en bloque la etiqueta de “aganaktismenoi”, ( “indignados”), que los medios de comunicación les habían pegado, prefiriendo llamarse el “movimiento de las plazas”. “Movimiento de las plazas”, en su neutralidad factual, llevaba a tomar mejor en consideración la complejidad, incluso la confusión, de esas extrañas asambleas en las que los marxistas cohabitaban con los budistas de la vía tibetana, y los fieles de Syriza con los burgueses patriotas.

La maniobra es muy conocida, consistiendo en tomar el control simbólico de los movimientos celebrándolos inicialmente por aquello que no son, con el propósito de enterrarlos más fácilmente una vez que haya llegado el momento. Al asignarles la indignación como contenido, se los condenaba a la impotencia y a la mentira.

Si bien ya hemos visto muchedumbres en cólera hacer revoluciones, jamás hemos visto masas indignadas hacer otra cosa que protestar impotentemente. La burguesía se ofende y después se venga; la pequeña burguesía, por su parte, se indigna y después regresa a su cómodo refugio.

La consigna que se asoció al “movimiento de las plazas” fue la de “¡democracia real ya!”, puesto que la ocupación de la Puerta del Sol fue iniciada por una quincena de “activistas” al final de la manifestación convocada por la plataforma de tal nombre el 15 de mayo de 2011 el “15M”, como se dice en España.

En él no se discutía de democracia directa como en los consejos obreros, ni siquiera de verdadera democracia a la antigua, sino de democracia real. Sin asombro, el “movimiento de las plazas” se estableció, en Atenas, a un paso del sitio de la democracia formal, la Asamblea Nacional. Hasta entonces habíamos ingenuamente pensado que la democracia real era la que ahí se daba, tal como la conocemos desde siempre, con sus promesas electorales hechas para ser traicionadas, sus salas de grabación llamadas “parlamentos” y sus negociaciones pragmáticas para llenar de humo el mundo para el beneficio de los diferentes lobbies.

Para los “activistas” del 15M, la realidad de la democracia era más bien la traición de la “democracia real”.

Esbozos y reflexiones, sobre la democracia.

Para los “activistas” del 15M, la realidad de la democracia era más bien la traición de la “democracia real”.

Que hayan sido cibermilitantes quienes lanzaron ese movimiento no es algo indiferente. La consigna de “democracia real” significa: Elecciones, que tienen lugar una vez cada cinco años,  diputados analfabetos funcionales para el cargo que ostentan, que apenas saben utilizar un ordenador, asambleas donde representan una mala pieza de teatro o a una batalla campal, todo ello está obsoleto.

Hoy, las nuevas tecnologías de comunicación, Internet, la identificación biométrica, los smartphones, las redes sociales, tiene a nuestros dirigentes están superados.

Ya es posible instaurar un sondeo permanente, en tiempo real, de la opinión de la población, cuestionarle cualquier decisión antes de tomarla.

Algo semejante  a las reuniones sobre una plaza, el que debían manifestar en silencio las manos alzadas o  bajadas de los “indignados” durante tomas de palabra sucesivas, donde el viejo poder de aclamar o de abuchear había sido retirado aquí a la muchedumbre.

El “movimiento de las plazas” fue, por un lado, la proyección, o más bien el crash sobre lo real, del fantasma cibernético de ciudadanía universal, y, por el otro, un momento excepcional de encuentros, de acciones, de fiestas y de tomas de posesión de la vida común. Esto es lo que no pudo ver la eterna micro-burocracia que busca hacer pasar sus caprichos ideológicos por “posiciones de la asamblea” y que pretende controlar todo en nombre del hecho de que cada acción, cada gesto, cada declaración tendría que ser “validada por la asamblea” para tener derecho a existir.

Para todos los demás, ese movimiento liquidó de manera definitiva el mito de la asamblea general, es decir, el mito de su centralidad.

La primera noche, el 16 de mayo de 2011, había en la Plaça Catalunya de Barcelona 100 personas, al día siguiente 1000, 10.000 en dos días y los dos primeros fines de semana había 30.000 personas. Todos pudieron entonces constatar que, cuando se es tan numeroso, no existe ya ninguna diferencia entre democracia directa y democracia representativa. La asamblea es el lugar donde se está obligado a escuchar sandeces sin poder replicar, exactamente como ante la televisión; además de ser el lugar de una teatralidad extenuante y tanto más mentirosa cuanto que imita la sinceridad, la aflicción o el entusiasmo.

La extrema burocratización de las comisiones tuvo su causa en los más constantes, e hicieron falta dos semanas a la comisión “de contenido” para parir un documento insoportable y desastroso de dos páginas que, ésta pensaba, resumía “aquello en lo que nosotros creemos”. En este punto, ante lo ridículo de la situación, unos anarquistas sometieron a votación el hecho de que la asamblea se volviera un simple espacio de discusión y un lugar de información, y no un órgano de toma de decisión. La cosa era cómica: poner a votación el hecho de no seguir votando.

Cosa todavía más cómica: el escrutinio fue saboteado por una treintena de trotskistas. Y como ese género de micropolíticos destilaba aburrimiento tanto como sed de poder, todos terminaron por desviarse de esas fastidiosas asambleas.

Sin sorpresas, muchos de los participantes de Occupy hicieron la misma experiencia, y sacaron de ello la misma conclusión. Tanto en Oakland como en Chapel Hill, se llegó a considerar que la asamblea no tenía ningún título para validar lo que tal o cual grupo podía o quería hacer, que era un lugar de intercambio y no de decisión.

Cuando una idea emitida en asamblea salía adelante, era simplemente porque suficiente gente la encontraba buena como para darse los medios para ponerla en marcha, y no en virtud de algún principio de mayoría. Las decisiones salían adelante, o no; jamás eran tomadas.

En Plaza Sintagma fue así votada “en asamblea general”, un día de junio de 2011, y por varios miles de individuos, la iniciativa de acciones en el metro; ese día, no se encontraron más de veinte personas en el lugar acordado para actuar efectivamente. Es así como el problema de la “toma de decisión”, obsesión de todos los demócratas del mundo con problemas en la cabeza por resolver, revela para sí misma nunca haber sido otra cosa que un falso problema.

Que con el “movimiento de las plazas”, el fetichismo de la asamblea general se haya ido a la ruina no desdice en nada la práctica de la asamblea. Sólo hace falta saber que de una asamblea no puede salir algo distinto a lo que ya se encuentra en ella.

Si reunimos a miles de desconocidos que no comparten nada fuera del hecho de estar ahí, sobre la misma plaza, no hace falta esperar que lo que salga de ahí sea algo más de lo que su separación autoriza.

No hace falta imaginar, por ejemplo, que una asamblea consiga producir por sí misma la confianza recíproca que conduce a tomar juntos el riesgo de actuar ilegalmente. Que una cosa tan repugnante como una asamblea general de copropietarios sea posible tendría que prevenirnos ya contra la pasión por las asambleas generales. Lo que una asamblea actualiza es simplemente el nivel existente de lo que se comparte. Una asamblea de estudiantes no es una asamblea de barrio, que a su vez no es una asamblea de barrio en lucha contra su “reestructuración”. Una asamblea de obreros no continúa siendo la misma al comienzo y al final de una huelga. Y ciertamente tiene poco que ver con una asamblea popular de los pueblos de Oaxaca.

La única cosa que cualquier asamblea puede producir, si lo intenta, es un lenguaje común. Pero donde la única experiencia común es la separación, no se escuchará otra cosa que el lenguaje informe de la vida separada. La indignación es entonces efectivamente el máximum de la intensidad política que el individuo atomizado es capaz de alcanzar, el cual confunde el mundo con su pantalla así como confunde sus sentimientos con sus pensamientos. La asamblea plenaria de todos esos átomos, a pesar de su conmovedora comunión, no hará otra cosa que exponer la parálisis inducida por una falsa comprensión de lo político, y en primer lugar la inaptitud para alterar en nada el curso del mundo. Esto produce la impresión de una infinidad de rostros pandémicos confinados pegados contra una pared de vidrio y que observan boquiabiertos cómo el universo mecánico continúa funcionando sin ellos.

El sentimiento de impotencia colectiva, tras la alegría de haberse encontrado y contado, dispersó a los propietarios de las tiendas de campaña Quechua con tanta seguridad como las macanas y los gases.

No obstante, en esas ocupaciones había ciertamente algo que iba más allá de ese sentimiento, y era precisamente todo aquello que no cabía en el momento teatral de la asamblea, todo aquello que concierne a la milagrosa aptitud de los vivos para habitar, para habitar lo inhabitable mismo: el corazón de las metrópolis. En las plazas ocupadas, todo lo que la política ha relegado desde la Grecia clásica a la esfera en el fondo despreciada de la “economía”, de la gestión doméstica, de la “supervivencia”, de la “reproducción”, del “día a día” y del “trabajo”, se afirmó por el contrario como dimensión de una potencia política colectiva, se escapó de la subordinación de lo privado.

La capacidad de autoorganización cotidiana que en ellos se desplegaba y que conseguía, en algunos lugares, alimentar a 3.000 personas en cada comida, construir una aldea en algunos días o atender a los amotinados heridos, firma tal vez la verdadera victoria política del “movimiento de las plazas”. A lo cual las ocupaciones de Taksim y de Maidán añadieron, sobre la marcha, el arte de sostener las barricadas y de confeccionar cocteles Molotov en cantidades industriales.

El hecho de que una forma de organización tan banal y sin sorpresas como la asamblea haya sido investida por tal veneración frenética dice, sin embargo, mucho sobre la naturaleza de los afectos democráticos. Si la insurrección se relaciona primero con la cólera, y después con la alegría, la democracia directa, en su formalismo, es antes que nada un asunto de angustiados. Que no ocurra nada que no esté determinado por un procedimiento previsible. Que ningún acontecimiento nos exceda.

Que la situación permanezca a nuestra altura. Que nadie pueda sentirse estafado, o en conflicto abierto con la mayoría. Que nunca se sienta alguien obligado a apoyarse en sus propias fuerzas para hacerse escuchar. Que no se imponga nada, a nadie.

Para tal fin, los diversos dispositivos de la asamblea (desde el turno de palabra hasta el aplauso silencioso) organizan un espacio estrictamente amortiguado, sin asperezas distintas a las de una sucesión de monólogos, que desactivan la necesidad de batirse por lo que uno piensa. Si el demócrata tiene que estructurar en este punto la situación, es porque no se fía de ella. Y si no se fía de la situación, es porque, en el fondo, no se fía de sí mismo. Es su miedo a dejarse llevar por ella lo que lo condena a querer a todo precio controlarla, a riesgo casi siempre de destruirla. La democracia es en primer lugar el conjunto de los procedimientos por los que se da forma y se estructura esa angustia. No hay que llevar a cabo el proceso de la democracia: el proceso de una angustia no se lleva a cabo.

Sólo un despliegue omnilateral de atención (atención no sólo a lo que es dicho, sino sobre todo a lo que no lo es, atención al modo en que las cosas son dichas, a lo que se lee tanto en los rostros como en los silencios) puede liberarnos del apego a los procedimientos democráticos.

De lo que se trata es de sumergir el vacío que la democracia mantiene entre los átomos individuales por medio de una plena atención mutua de unos a otros, por medio de una atención inédita al mundo común. El problema es sustituir el régimen mecánico de la argumentación con un régimen de verdad, de apertura, de sensibilidad a lo que está ahí. En el siglo XII, cuando Tristán e Isolda se encuentran por la noche y conversan, se trata de un “parlamento”; cuando unas personas, entregadas a la suerte de la calle y de las circunstancias, se alborotan y se ponen a discutir, se trata de una “asamblea”. Esto es lo que hay que oponer a la “soberanía” de las asambleas generales, a las habladurías de los parlamentos: el redescubrimiento de la carga afectiva vinculada a la palabra, a la palabra verdadera. Lo contrario de la democracia no es la dictadura, es la verdad.

Es justamente porque son momentos de verdad, en los que el poder está desnudo, que las insurrecciones nunca son democráticas.