Los TMS o Garantes del statu quo.


El 21 de diciembre de 2012, no menos de trescientos periodistas provenientes de dieciocho países invadieron el pequeño pueblo de Bugarach, una pequeña aldea del sureste de Francia situada junto a un peñasco que supuestas profecías sitúan como el único lugar que se salvaría del apocalipsis previsto para esa misma fecha. Ningún calendario maya conocido hasta había jamás anunciado para esa fecha el final de los tiempos. El rumor de que ese pueblo mantendría la menor relación con esa inexistente profecía formaba parte de una notoria farsa. No obstante, las televisiones del mundo entero despacharon hacia allí varias armadas de reporteros. Tenían curiosidad por ver si en ese lugar había, verdaderamente, gente que creyera en el fin del mundo.

Ese día en Bugarach no había nadie, nadie salvo un gran número charlatanes profesionales del panfleto, creando la dosis diaria de espectáculo para las masas. Los periodistas se reunieron para hacer un reportaje sobre ellos mismos, de su espera sin objeto, de su aburrimiento y del hecho de que nada sucedía. Sorprendidos por su propia trampa, dejaban ver el rostro del verdadero fin del mundo.

Nada es más viejo que el fin del mundo. La pasión apocalíptica no ha dejado de tener, desde tiempos muy remotos, el favor de una gran mayoría que hoye pero considera que escuchar no merece el esfuerzo. La novedad está en que vivimos una época donde la apocalíptica ha sido integralmente absorbida por los «TMS» (tecnicos de mantenimiento del sistema), y puesta al servicio del poder. El horizonte de la catástrofe es aquello a partir de lo cual somos gobernados actualmente. La profecía apocalíptica, ya sea económica, climática, terrorista o nuclear, sólo es anunciada si se afloja la correa a los medios que son capaces de conjurarla. Ninguna organización, ni política ni religiosa, jamás se ha reconocido derrotada porque los hechos desmintieran sus profecías. Pues la meta de la profecía nunca es tener razón sobre el futuro, sino operar sobre el presente: imponer aquí y ahora la espera, la pasividad, la sumisión. Siempre hay otra catástrofe que se solapa a la que ya está presente. Son las oportunidades de negocio y redito político las que condicionaran como la nueva crisis va a ser resuelta. Solidaridad, humanidad, ayuda, no es otra cosa que la etiqueta que se elige con el fin de llevar a buen puerto un sofisticado (en ocasiones burdo) plan de negocio. Nada se mueve sin la obtención de un porcentaje del presupuesto destinado a “resolver” la crisis de turno. Usualmente se presume que las relaciones entre las personas, en situación de emergencia, ponen de manifiesto su profunda y eterna bestialidad. En todo terremoto devastador, en todo crac económico o en todo “ataque terrorista”, se desea ver confirmada la vieja quimera del estado de naturaleza y su cortejo de exacciones incontrolables. La voz del sistema (periodismo y cultura del entretenimiento) condiciona al individuo para que que, en el momento en que ceden los finos diques de la civilización, florezca el “fondo villano del hombre” las malas pasiones, la “naturaleza humana”, envidiosa, brutal, ciega y odiosa que, sirve como argumento a los defensores del poder fantasma, desdichadamente desmentido por la mayoría de los desastres históricamente conocidos. La caída de la civilización, por lo general, no toma la forma de una guerra caótica de todos contra todos. Ese discurso hostil sólo sirve, en situaciones de catástrofe severa, para justificar la prioridad acordada de la defensa de la propiedad contra el saqueo, mediante la policía, el ejército o, a falta de algo mejor, mediante milicias de vigilantes formadas para la ocasión.

Por el contrario, la descomposición de este mundo, asumida como tal, abre el camino a otras maneras de vivir, incluso en plena “situación de emergencia.

-El mundo se levantó una mañana y todo era diferente. Ya no había electricidad y todas las tiendas estaban cerradas. Nadie tenía acceso a los medios de comunicación. Debido a esto todo el mundo se encontró en las calles para hablar e intercambiar testimonios. No fue realmente una fiesta callejera, pero todo el mundo estaba afuera al mismo tiempo; con alegría, en cierto sentido, de ver a toda esa gente que entonces no conocía-.Las comunidades minoritarias formadas espontáneamente en Nueva Orleans en los días que siguieron al Katrina como respuesta al desprecio de los poderes públicos y a la paranoia de las agencias de seguridad, los vecinos y sus vecinos, se organizaron cotidianamente para alimentarse, sanarse, vestirse, e incluso para saquear algunas tiendas.

La ayuda no llega como compromiso del estado hacia el ciudadano sino con el propósito de que este valore volver al orden establecido, como la mejor por no decir la única opción.

Sería conveniente replantearnos el concepto inculcado, sobre las consecuencias de un “cambio” capaz de abrir una brecha en el curso del desastre programado. Empezando por purgarlo de todo aquello que ha contenido, hasta ahora de apocalíptico. Todos los gobiernos en su incapacidad organizativa y gestora han recurrido a la propaganda hipocondríaca sobre el establecimiento bajo su mandato de una era de paz y de abundancia donde ya no habría nada que temer, donde las contradicciones serían por fin resueltas. Ciencia y la industria se han propuesto como las herramientas creadoras de una sociedad próspera, íntegramente automatizada y finalmente apaciguada. Algo así como un paraíso terrestre organizado sobre el modelo de un sanatorio psiquiátrico Un ideal que sólo puede venir de seres profundamente enfermos que ya ni siquiera aspiran ni ellos mismos a curarse. Un problema puede tener una solución extremadamente compleja pero si entendemos que no tiene solución, es otra cosa; nunca un problema. El estado de excepción en el que vivimos no es algo a denunciar, es algo a volver no contra las ambiguas cúpulas del poder sino contra el sistema establecido y sus voceros.

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