Consciencia.

consciencia.jpg“Consciencia” El diccionario, siempre tan útil para eso de definir, nos dice: Conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones”
“Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”.

Queda claro por las definiciones  (creo yo) que  eso que llamamos consciencia consiste en darte cuenta de que existes, de que eres una unidad a lo largo del tiempo, de que hay identidad entre quien fuiste ayer, quien eres hoy y quien serás mañana. Ahora bien, ¿qué es eso que decimos que existe?

“Yo”, contestará cada uno.

¿Y qué es “yo”?” preguntaré yo.

La primera respuesta, instintiva, es volver las palmas hacia arriba y hacer un gesto rápido que va de las axilas a las caderas mientras se piensa “yo”. Este gesto significa una mezcla entre “este que está aquí”, “este que te está hablando” y “¿es que no me estás viendo, capullo?” Hace referencia a la integridad y a la obvia presencia física. Es elemental que existo, es de cajón, es física y empíricamente contrastable que existo. Tengo un cuerpo que cualquiera puede ver, tocar e incluso oler. Existe mi cuerpo existo yo.

¿Seguro?

Uno de los descubrimientos más interesantes que haces cuando hablas más de un idioma es hasta que punto el lenguaje configura el pensamiento. Es un error pensar que un idioma (cualquiera) tiene suficiente léxico como para describir la realidad en todos sus matices,
Algo semejante pasa con el yo y el cuerpo. Si os fijáis en las expresiones que usamos, el cuerpo es una propiedad. Es “mi” cuerpo, no es “yo”. Yo “tengo” cuerpo, no “soy” cuerpo. Esta forma de hablar, esta configuración del idioma y razonamiento, sorprendentemente extendida por todo el mundo (o quizá no tan sorprendentemente, como veremos) hace que, de forma completamente subconsciente, estructuremos toda nuestra filosofía y toda nuestra forma de ver el mundo en torno a la figura de alguien (“yo”) que “posee” mi cuerpo; en torno a un dualismo entre el cuerpo (poseído) y yo (poseedor). Este dualismo implica necesariamente la existencia del mundo espiritual  (o de las ideas) ya que, si quien posee mi cuerpo (yo) es algo distinto a ese cuerpo, que es mi “yo físico”, entonces ese “yo” es un “yo no físico”, o sea, espiritual (o ideal, o…)

Parménides (filósofo griego) se preguntaba:  ¿Es esto lo que soy?

Supongamos que me quitan un brazo, ¿seguiría siendo yo?” “Sí”, se respondía. Y a base de quitarse partes del cuerpo o de reemplazarlas por otras, o de imaginarse en el cuerpo de un animal y hacer la misma pregunta y encontrar la misma respuesta, encontramos que desde hace milenios pensamos que “yo” es “algo más” que el cuerpo, lo que implica que el concepto “yo” es distinto al concepto “cuerpo”: una unidad de pensamiento, continua a lo largo del tiempo, que recuerda el pasado, experimenta el presente y predice el futuro se manifiesta en el plano físico a través de este cuerpo, y no de otro.
Un paso más y encontramos que el cuerpo (circunstancia) es enteramente prescindible: al igual que “yo” sigo siendo “yo” en un cuerpo que no es “el mío”, “yo” puedo ser “yo” incluso totalmente sin cuerpo. Acabamos de descubrir la psique como algo distinto del cuerpo, la idea de “yo”, aquello sin lo cual mi cuerpo es simplemente un cuerpo, pero no yo. Podéis darle el nombre que queráis: alma, ego, espíritu, psique, pensamiento puro… pero esta línea de razonamiento, esta configuración del pensamiento y el lenguaje implica de forma inmediata que existe algo que soy yo y que va más allá de mi cuerpo; algo que controla mi cuerpo y toma decisiones sobre él. Puede que sea una realidad inmanente e inmortal o puede que esté asociada indisolublemente a mi cuerpo y que desaparezca con él, puede que tenga un origen divino o que sea creada de forma totalmente natural por mi cuerpo, pero está claro que hay “algo” que, aunque incluso aunque esté creado y mantenido por él y dependa de él, es distinto al cuerpo. Es quien lo controla, quien piensa, quien ve, quien siente. Volviendo a la definición del diccionario de la consciencia, es el “sujeto” que tiene “consciencia de si mismo”, es el “espíritu humano” que tiene esta y aquella cualidades. Es ese ente que está detrás de mis ojos, que puedo sentir detrás de mis ojos, recibiendo y procesando información, pensando y expresándose. Es el sujeto de todos mis verbos.

Lo que llamamos consciencia es la cualidad que tenemos, a diferencia de los animales, de darnos cuenta de ese tipo de existencia ideal, ultracarnal, ligada al pensamiento, de percibir, que existimos como algo abstracto, separado al resto de la realidad y de poder, por tanto, tomar decisiones que afectan a esa realidad desde un plano distinto. Puede luego discutirse si eso es el alma, el espíritu, o un patrón emergente, pero siguiendo esta línea de razonamiento está claro que, sea lo que sea, está ahí y que eso, y no otra cosa, es lo que soy.

(ROJO 13) Mis 8 Años.

poblado rojoCuando fui capaz de andar siguiendo al grupo sin quedar rezagado y a obedecer órdenes, Padre empezó a tolerar de vez en cuando mi compañía en sus habituales salidas en solitario del poblado.

Puedo afirmar que el principio de mi vida se produjo cuando con ocho años pude diferenciar entre las voces de mi yo interior y las que percibía del exterior. Pero será más tarde cuando hable de esa voz a la que durante tantos años obedeció mi cuerpo.

(ROJO 15) Proyecto Rojo.

La mancha de mi frente se había reducido considerablemente ahora no era mayor que una uña, para bien o para mal la gente apenas me prestaba atención. Era poco más que un niño pero mi padre parecía decidido a que aprendiera mucho más de lo que iba a necesitar para vivir en el lago. Lo supe cuando me anuncio que debía prepararme para emprender un viaje mas allá de lo que nunca hubiese pensado que se pudiese llegar y a ver cosas que nunca imaginaria que pudiesen existir. He de comentar que esas palabras no causaron en mí la menor impresión puesto que el flujo de conocimientos que recibía a diario no se había reducido desde el día de mi nacimiento. Para mí la vida consistía en un descubrimiento constante de cosas que el día anterior puede que ya estuviesen ahí, pero en la que yo aún no había reparado.

Nunca tuve grandes amigos, en su momento creía que sí, pero algo fallaba, porque a la larga siempre los perdía. Puede que exigiese demasiado de ellos o fuese yo el que no alcanzaba sus expectativas. Puede ser que mi necesidad de analizar y catalogar todo mi mundo, favoreciese que con mis amigos hiciese lo mismo y solo los utilizase como una extensión de mí mismo para satisfacer las necesidades de ese momento. Lo que sé es que ninguno de mis amigos tenía ni idea de lo que pasaba por mi cabeza y nunca demostraron interés por saberlo. Ellos aspiraban a simplificar sus vidas yo también; pero me era imposible no sentirme atraído por la complejidad del mundo en el que vivía. No aspiraba a ser sabio pero obtenía placer cada vez que me alejaba un poco más de la ignorancia. Aquellos a los que me acercaba en busca de respuestas se mostraban tolerantes conmigo pero nunca dispuestos a compartir información que necesitase más de tres frases para ser revelada. No puedo culparlos, pues algo parecido me pasaba cuando veía a la mayoría de personas como seres que nunca llegarían a plantearse en serio ninguna de las preguntas que se atropellaban en mi cabeza. Ciertamente no sentía apego por las personas no es que las despreciase es que el esfuerzo para conocer realmente a una persona me parecía excesivo para acabar descubriendo que en su interior no estaba lo que estaba buscando. Me llevo mi tiempo comprender que las personas que te demuestran afecto y lealtad necesitan que las escuches.  Las relaciones entre la gente de los clanes en su mayoría bastaban con ser superficiales yo te doy tú me das. Nadie veía la necesidad  de realizar el esfuerzo de entender a su hermano o vecino si ello no traía asociada una compensación.PESCA