LIMITES FUNCIONALES DEL PROCESO NEURONAL.


Una neurona en una placa de Petri chisporrotea solitaria. De vez en cuando, origina de forma espontánea una onda de corriente eléctrica que se desplaza por toda su longitud. Si se aplican pulsos de electricidad en uno de sus extremos, la neurona puede responder con picos adicionales de voltaje. Al incubarla junto con diversos neurotransmisores se puede modificar la intensidad y la frecuencia de sus ondas eléctricas. Por sí sola, una neurona no puede hacer mucho más. Pero un conjunto de 302 neuronas da lugar a un sistema nervioso que mantiene vivo al gusano Caenorhabditis elegans y se encarga de detectar el entorno del animal, tomar decisiones y dirigir órdenes al propio cuerpo. La unión de 100.000 millones de neuronas, con sus 100 billones de conexiones, origina el cerebro humano, con muchas más capacidades. 

Es muy probable que H. sapiens no fuese el único homínido dotado de capacidades cognitivas avanzadas.
Hay indicios que sugieren que los neandertales poseían cualidades equivalentes.
Ante la necesidad de establecer dataciones se estableció que la “mente moderna” se había adquirido en un proceso rápido que remontaba ese episodio unos 50.000 años atrás, es decir, transcurridos más de 200.000 años desde la aparición de Homo sapiens.
En la última década, nuevos datos procedentes de África, señalan que muchos de los elementos propios del comportamiento humano moderno hunden sus raíces a mayor profundidad que el medio milenio establecido por los eruditos. Estos primeros datos no dogmáticos sugieren que nuestra especie contaba con una inteligencia semejante a la nuestra desde el momento de su aparición, pero que estas capacidades cognitivas solo se activaron cuando hacerlo supuso una ventaja evolutiva.

El tamaño del cerebro está en relación con el del cuerpo. Dentro de esa proporción cuando la media del cerebro es superior al del cuerpo podemos establecer niveles de inteligencia. Nada es gratuito disponer un cerebro con un volumen que supera la media establecida requiere mayores aportes de energía o lo que es lo mismo una alimentación con una mayor aportación calórica

La inteligencia humana podría hallarse próxima a su límite evolutivo. Varias líneas de investigación apuntan a que casi cualquier cambio en nuestro cerebro se toparía con barreras de naturaleza física. Un cerebro de mayor tamaño aumenta la inteligencia pero solo hasta cierto punto, más allá del cual consume demasiada energía y comienza a funcionar con mayor lentitud. No deja de resultar humillante que una abeja, con un cerebro de un miligramo, realice tareas como orientarse en laberintos y grandes lugares con una habilidad comparable a la de los mamíferos. El insecto quizá se vea limitado por sus relativamente pocas neuronas, pero lo que parece seguro es que las exprime hasta sacar el máximo de ellas. En el otro extremo, el elefante, con un cerebro cinco millones de veces mayor, sufre la ineficiencia característica de un vasto imperio: las señales nerviosas tardan cien veces más tiempo en cruzar el cerebro de un extremo a otro o en llegar hasta las patas, lo que obliga al animal a fiarse poco de sus reflejos, moverse con lentitud y dedicar preciosos recursos cerebrales a planear cada uno de sus pasos.

Los humanos, en algún punto intermedio, somos más inteligentes que elefantes y abejas. Pero de lo que poca gente se percata es de que las leyes de la física imponen severas restricciones a nuestras facultades mentales. Digamos que se trata de encontrar el equilibrio entre consumo y rendimiento. Hay un punto en que cualquier mejora va en detrimento de otra prestación.

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