La edad de oro.


Estamos en un tiempo en el que nuestra especie no conoce la agricultura ni la domesticación de animales. Ha pasado por momentos muy difíciles: hace unos 75.000 años, la explosión del supervolcán de la isla de Toba dejó a la raza humana con apenas 5.000 parejas reproductoras, en lo que se denomina un “cuello de botella demográfico”. Fue una suerte que sobreviviéramos a una catástrofe de esas dimensiones, a la mayor explosión registrada en la Tierra durante los últimos 25 millones de años.

Los humanos tuvimos que volver a empezar desde nuestros orígenes, de nuevo en África. La explosión de Toba concentró nuestra riqueza genética hasta un punto peligroso para la viabilidad de la especie, y ello nos obligó a unas prácticas culturales en las que ritualizamos el intercambio periódico de las hembras, costumbre que continuaría vigente en las pocas sociedades cazadoras – recolectoras que estudiamos en el siglo XX.

Hace 55.000 años el clima era muy distinto. El Sáhara, por ejemplo, no era un desierto, sino un amplio espacio verde en el que cazábamos grandes presas. La Tierra sufre glaciaciones que hacen prácticamente inhabitable el extremo norte del planeta; aunque nuestra especie ha repoblado casi la totalidad del mismo, adaptándose a las condiciones más extremas. Hemos cambiado el color de la piel y nuestra morfología, adaptándola al entorno. A este fenómeno lo llamamos fenotipo.

Otros humanos, distintos a nosotros, viven y prosperan en Europa. Ellos también hablan, dominan el fuego y entierran a sus muertos. Se han encontrado pétalos de flores en la tumba de una niña pequeña. ¿Los puso su madre? Con el tiempo, la competencia que representa nuestra especie, junto con el progresivo calentamiento del planeta, acabarán provocando su extinción. El último Neanderthal verá anochecer desde los acantilados de Gibraltar, hace sólo 20.000 años.

Las tribus humanas se componen aproximadamente de unos 60 miembros. No hay jerarquías claras, aunque es muy probable que fueran sociedades matriarcales. No hay líderes más allá de la habilidad reconocida por el resto: el hombre que mejor caza dirige a los demás en las expediciones, pero su primacía desaparece en cuanto vuelven al campamento. Las mujeres se ocupan de buscar raíces, frutos o pequeños animales. Ellas aportan buena parte de la comida que la comunidad consume. Se venera a la Diosa Madre, a la naturaleza con la que se vive en armonía, y la violencia entre humanos no se tolera, siempre que la región ofrezca recursos suficientes para las poblaciones que conviven en ella. La tribu dedica unas 6 horas a procurarse alimento, confeccionar ropas o cuidar del fuego. El resto del tiempo lo dedican a jugar con los niños, una tarea en la que todos participan, a educarlos o a fomentar las relaciones sociales en el entorno. Son felices y procuran la felicidad de sus semejantes.

Si ha habido una edad de oro de la humanidad, posiblemente asistamos a la misma.

Periódicamente grupos humanos se encuentran, formando agrupaciones de varios cientos de individuos. Se aprovecha para intercambiar mujeres en edad de procrear, en ceremoniales felices y consentidos por todas las partes implicadas. Con ello se asegura que la carga genética se refresque con combinaciones siempre nuevas, diferentes. En ocasiones las reuniones son mayores, y son miles los individuos que se encuentran. Se intercambian experiencias, recuerdos o aprendizajes.

Asistimos a una reunión enorme, de casi 2.000 personas. Una anciana de 40 años se muestra nerviosa, cree haber distinguido un rostro que no veía desde hace 25 años. El de una hija.

En efecto, es ella. Al principio no se entienden. La distancia y el tiempo ha hecho que la hija adopte usos lingüísticos distintos de los que aprendió de niña. Sin embargo, recuerda bien a su madre, y necesita poco tiempo para que vuelvan las palabras de su niñez.
La hija, que está embarazada, le muestra orgullosa a sus dos nietos: un chico de 9 años y una niña de 4. Los chiquillos no entienden bien a la mujer mayor, que los colma de besos; la madre hace de intérprete.

Así es como imagino la primera labor de interpretación, hace 55.000 años.

Antonio Carrillo Tundidor

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