Insurrectos e Indignados


Lo que está en juego en las insurrecciones contemporáneas es la cuestión de saber qué es una forma deseable de la vida, y no la naturaleza de las instituciones que la sobrevuelan con una mirada omnisciente. Pero reconocerlo implicaría inmediatamente reconocer la nulidad ética de Occidente o tras tal o cual levantamiento, al supuesto retraso mental de las poblaciones. Sería necesario, por el contrario, razonar que la fuerza de los islamistas reside justamente en el hecho de que su ideología política se presenta primeramente como un sistema de preceptos éticos. Dicho de otra manera, si tienen un mayor éxito que los demás políticos, es justamente porque no se colocan centralmente en el terreno de la política. Partiendo de esta base es menos costoso encontrar cierta coherencia, cada vez que un adolescente musulmán prefiere unirse a las filas de los “yihadistas” antes que a la de los asalariados del sector terciario.

En 2012 en Eslovenia en la tranquila ciudad de Máribor, estallo una grave revuelta callejera. Su punto de partida fue la revelación de que el muy creciente número de radares de carretera instalados por toda la ciudad por una Empresa privada cercana al poder se embolsaba la casi totalidad de las multas.

¿Puede haber algo menos “político”, como punto de partida de una insurrección, que una cuestión de radares de carretera?

Pero ¿puede haber algo más ético que el rechazo a dejarse esquilar como borregos?

La importancia del tema de la corrupción, reinante en la mayoría de todas las revueltas contemporáneas, demuestra que éstas son éticas antes que ser políticas, o que son políticas precisamente en hecho que desprecian la política, incluyendo la política radical.

La cuestión de la austeridad se sitúa en el terreno de un  brutal desacuerdo ético sobre qué es vivir y qué es vivir bien. Dicho resumidamente: ser austero, en los países de cultura protestante, es más bien tomado como una virtud; ser austero, en una buena parte del sur de Europa, es en el fondo ser alguien pobre. Lo que pasa actualmente no es sólo que algunos quieren imponer a otros una austeridad económica que éstos no quieren. Pasa que algunos consideran que la austeridad es, en términos absolutos, una cosa buena, mientras que los otros consideran, sin atreverse realmente a decirlo, que la austeridad es, en términos absolutos, la miseria.

Lo que hace falta es más bien asumir el verdadero meollo del conflicto: una cierta idea protestante de la felicidad (ser trabajador, ahorrador, sobrio, honesto, diligente, moderado, modesto, discreto) es algo que quiere imponerse por todas partes en Europa. Lo que hay que oponer a los planes de austeridad es otra idea de la vida, que consista, por ejemplo, en compartir antes que en economizar, en conversar antes que en no decir palabra, en luchar antes que en sufrir, en celebrar nuestras victorias antes que en defenderse de ellas, en entrar en contacto antes que en ser reservado.

El hecho de asumir el buen vivir como afirmación política. Por un lado traza un claro contorno entre el a favor de qué y el en contra de qué se lucha; por el otro, deja serenamente al descubierto otras mil maneras en las que puede entenderse la “vida buena”, maneras que por ser diferentes no son sin embargo enemigas entre sí, al menos no necesariamente.

La retórica occidental no ofrece ningún tipo de sorpresas. Cada vez que un levantamiento masivo consigue abatir a un sátrapa que hasta ayer era presuntamente honorado, sucede que el pueblo “aspira a la democracia”. “La lucha” es bastante más amplia que la obtención de una democracia parlamentaria bien engrasada.

No porque se luche contra un tirano se lucha por la democracia; se puede de igual modo luchar por otro tirano, el califato o por la simple alegría de luchar. Pero sobre todo, si existe una cosa que no tiene nada que ver con cualquier principio aritmético de mayoría, son sin duda alguna las insurrecciones, cuya victoria depende de criterios cualitativos: determinación, coraje, confianza en uno mismo, sentido estratégico, energía colectiva.

Si las elecciones forman desde hace dos buenos siglos el instrumento más recurrido, después del ejército, para mandar a callar a las insurrecciones, es sin duda porque los insurrectos jamás son una mayoría. En cuanto al pacifismo que se asocia tan naturalmente a la idea de democracia, hace falta de igual modo dejar en esto la palabra a los insurrectos de El Cairo: “Los que dicen que la revolución egipcia fue pacífica no vieron los horrores que la policía les infligió, tampoco vieron la resistencia e incluso la fuerza que los sublevados utilizaron contra la policía para defender sus ocupaciones y sus espacios. Según el propio testimonio del gobierno: 99 comisarías fueron incendiadas, miles de automóviles de policía destruidos, y todas las oficinas del partido dirigente fueron quemadas.” La insurrección no respeta ninguno de los formalismos, ninguno de los procedimientos democráticos. Impone, como cualquier manifestación de magnitud, su propio uso del espacio público. Es, como cualquier huelga determinada, política del hecho consumado. Es el reino de la iniciativa, de la complicidad práctica, del gesto; la decisión se da en la calle que la arrastra, recordando a quien lo hubiera olvidado que

“popular” viene del latín populor, “asolar, devastar”.

Es la plenitud de la expresión (en los cantos, en los muros, en las tomas de palabra, en los combates), y la nada de la deliberación.

El milagro de la insurrección reside tal vez en que al mismo tiempo que disuelve la democracia como problema, se manifiesta inmediatamente un más allá de ella.

En efecto, todo iría bien si la retórica democrática no fuera más que una voz que emana de los cielos y que se inserta desde el exterior sobre cada levantamiento, ya sea por los gobiernos o bien por quienes intentan sucederlos. La escucharíamos con indulgencia, como a la homilía del sacerdote, atacados de la risa.

Está claro que esa retórica tiene un alcance efectivo sobre las mentes, sobre los corazones, sobre las luchas, como lo testimonia ese movimiento llamado “de los indignados” del que tanto se habló.

En la primera semana de ocupación de la Puerta del Sol, se hacía referencia a la plaza Tahrir, pero de ningún modo al inofensivo opúsculo del socialista Stéphane Hessel, que sólo hace la apología de una insurrección ciudadana de las “conciencias” a fin de conjurar la amenaza de una insurrección verdadera. Es sólo tras una operación de recodificación conducida desde la segunda semana de ocupación por el periódico El País, (ligado al sector socialista (del tándem PP/PSOE) que ese movimiento recibió su quejumbroso título, es decir, una considerable parte de su eco y lo esencial de sus límites. Esto vale también, por otra parte, para Grecia, donde los que ocupaban la plaza Sintagma rehusaban en bloque la etiqueta de “aganaktismenoi”, ( “indignados”), que los medios de comunicación les habían pegado, prefiriendo llamarse el “movimiento de las plazas”. “Movimiento de las plazas”, en su neutralidad factual, llevaba a tomar mejor en consideración la complejidad, incluso la confusión, de esas extrañas asambleas en las que los marxistas cohabitaban con los budistas de la vía tibetana, y los fieles de Syriza con los burgueses patriotas.

La maniobra es muy conocida, consistiendo en tomar el control simbólico de los movimientos celebrándolos inicialmente por aquello que no son, con el propósito de enterrarlos más fácilmente una vez que haya llegado el momento. Al asignarles la indignación como contenido, se los condenaba a la impotencia y a la mentira.

Si bien ya hemos visto muchedumbres en cólera hacer revoluciones, jamás hemos visto masas indignadas hacer otra cosa que protestar impotentemente. La burguesía se ofende y después se venga; la pequeña burguesía, por su parte, se indigna y después regresa a su cómodo refugio.

La consigna que se asoció al “movimiento de las plazas” fue la de “¡democracia real ya!”, puesto que la ocupación de la Puerta del Sol fue iniciada por una quincena de “activistas” al final de la manifestación convocada por la plataforma de tal nombre el 15 de mayo de 2011 el “15M”, como se dice en España.

En él no se discutía de democracia directa como en los consejos obreros, ni siquiera de verdadera democracia a la antigua, sino de democracia real. Sin asombro, el “movimiento de las plazas” se estableció, en Atenas, a un paso del sitio de la democracia formal, la Asamblea Nacional. Hasta entonces habíamos ingenuamente pensado que la democracia real era la que ahí se daba, tal como la conocemos desde siempre, con sus promesas electorales hechas para ser traicionadas, sus salas de grabación llamadas “parlamentos” y sus negociaciones pragmáticas para llenar de humo el mundo para el beneficio de los diferentes lobbies.

Para los “activistas” del 15M, la realidad de la democracia era más bien la traición de la “democracia real”.

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