Rebelión en la granja.


La mayoría de nuestras venerables democracias occidentales se han vuelto regímenes policiales perfectamente desinhibidos, mientras que la mayoría de los regímenes policiales de este tiempo enarbolan dignamente el título de “democracia”.

En Europa se ha vuelto habitual suspender las elecciones en cuanto se les anticipa un desenlace incontrolable; si no se hace votar nuevamente a los ciudadanos cuando el escrutinio no proporciona el resultado previsto por la Comisión Europea

“Existen dos verdades que nunca deben separarse en este mundo:

1. Que la soberanía reside en el pueblo.

2. Que nunca debe ejercerla.”

La manipulación consciente e inteligente de las opiniones y costumbres organizadas de las masas desempeña un papel importante en nuestras sociedades democráticas. Los que manipulan este mecanismo social imperceptible constituyen un gobierno invisible que dirige verdaderamente el país.

Lo que en el fondo se pretende cuando se habla de democracia es la identidad entre gobernantes y gobernados, sin importar cuáles sean los medios por los que esta identidad es obtenida.

Bajo un régimen democrático, se gobierna sin que lo parezca demasiado; los amos se adornan con atributos del esclavo y los esclavos se creen los amos.

Los primeros, ejerciendo el poder en nombre de la felicidad de las masas, se ven arrastrados a una hipocresía constante, y los segundos, se imaginan que disponen de un “poder adquisitivo”, “opinión” o “derechos” que son pisoteados durante todo el año. Y como la hipocresía es la virtud ciudadana por excelencia, a la democracia se une algo de irremediablemente burgués.

Cualquiera que sea la manera en que uno modele el concepto de gobierno asumirá la necesidad  de su implantación en cualquier sociedad.

Gobernar no es imponer una disciplina a un cuerpo, no es hacer respetar la Ley sobre un territorio con la posibilidad de castigar a los delincuentes como en  antiguos regímenes.

Gobernar es conducir la multiplicidad de conductas de una población, que es preciso cuidar, como un pastor lo hace con su rebaño para maximizar su potencial y orientarlo hacia un propósito.

Es, por tanto, considerar y modelar sus deseos, sus modos de hacer y de pensar, sus costumbres, sus miedos, sus disposiciones, su medio. Es desplegar todo un conjunto de tácticas discursivas, policiales, materiales, con una fina atención a las emociones populares, a sus oscilaciones ocultas; es actuar a partir de una sensibilidad constante ante la coyuntura afectiva y política a fin de prevenir el motín y la sedición. Actuar sobre el medio y modificar continuamente sus variables, actuar sobre unos para influir sobre la conducta de otros, a fin de guardar el dominio del rebaño.

Ante la complejidad de  dar un paso hacia el bien común y el buen gobierno en su mediocridad nuestros dirigentes consideran “un trabajo bien hecho”, si al finalizar su vida pública han mejorado su economía y la de los suyos, dejando un numero aceptable de “bajas” (daños colaterales) por en el camino.

En síntesis, librar una guerra  de desgaste, carente de nombre y apariencia, sobre prácticamente todos los planos donde la existencia humana se desarrolla. Una guerra de influencia, sutil, psicológica, indirecta.

Si hoy se fomenta y permite que se desmoronen las viejas superestructuras de los Estados nación, es justamente porque tienen que dejar su lugar al modelo de gobierno, flexible, plástico, informal, taoísta, que se impone en todos los dominios, ya sea en la gestión de uno mismo, de las relaciones, de las ciudades o de las empresas.

Siendo miembros de base de la estructura, no podemos ignorar la precepción de que perdemos una tras otra todas las batallas. Y eso es debido a que éstas son libradas sobre un plano cuyo acceso no siempre hemos encontrado, porque concentramos nuestras fuerzas en torno a posiciones ya perdidas, porque los ataques son dirigidos al mismo lugar en que no nos defendemos. Seguimos figurándonos el poder bajo la especie mastodóntica  del Estado, de la Ley, de la Disciplina, de la Soberanía, cuando al sistema se le han añadido nuevos “extras” que le han dotado de movilidad.

Buscamos el poder en su estado sólido, cuando hace bastante tiempo que ha pasado a un estado líquido, si no es que gaseoso. En la desesperación, llegamos a sospechar de todo aquello que aún tenga una forma precisa (costumbres, fidelidades, arraigo, maestría o lógica) cuando el poder se  hoy se manifiesta en una incesante disolución de todas las formas.

Las elecciones no tienen ninguna intención democrática.  No persiguen la representación del individuo sino su complicidad su adhesión a un grupo u otro,

En términos de ocio, entretenimiento, información, cultura, criterio… Al votante se le permite elegir un canal u otro, pero nunca la programación. Siendo millones los consumidores de telebasura es fácil concluir que este producto es el que exigen a las mayorías. Otros pueden alegar que: “Cuando no hay lomo, de todo como”.

La identidad del gobernante y el gobernado es el punto límite en el que el rebaño se vuelve pastor colectivo y en el que el pastor se disuelve en su rebaño, en el que la libertad coincide con la obediencia, la población con el soberano. La reabsorción del gobernante y el gobernado uno en otro es el gobierno en su estado puro, ahora sin ninguna forma ni límite. No es casual que en la actualidad se haya comenzado a teorizar la democracia líquida. Pues toda forma fija es un obstáculo para el ejercicio del puro gobierno.

En el gran movimiento de fluidificación general, que se percibe como un sofisticado espejismo en el que nuestros sentidos son confundidos, para percibir que estamos a tan solo unos pasos de alcanzar el horizonte.

Cuanto más fluido, más gobernable; y cuanto más gobernable, más democrático. El single metropolitano es evidentemente más democrático que la pareja casada, que a su vez es más democrática que el clan familiar, que a su vez es más democrático que el barrio mafioso.

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