Esbozos y reflexiones, sobre la democracia.


Para los “activistas” del 15M, la realidad de la democracia era más bien la traición de la “democracia real”.

Que hayan sido cibermilitantes quienes lanzaron ese movimiento no es algo indiferente. La consigna de “democracia real” significa: Elecciones, que tienen lugar una vez cada cinco años,  diputados analfabetos funcionales para el cargo que ostentan, que apenas saben utilizar un ordenador, asambleas donde representan una mala pieza de teatro o a una batalla campal, todo ello está obsoleto.

Hoy, las nuevas tecnologías de comunicación, Internet, la identificación biométrica, los smartphones, las redes sociales, tiene a nuestros dirigentes están superados.

Ya es posible instaurar un sondeo permanente, en tiempo real, de la opinión de la población, cuestionarle cualquier decisión antes de tomarla.

Algo semejante  a las reuniones sobre una plaza, el que debían manifestar en silencio las manos alzadas o  bajadas de los “indignados” durante tomas de palabra sucesivas, donde el viejo poder de aclamar o de abuchear había sido retirado aquí a la muchedumbre.

El “movimiento de las plazas” fue, por un lado, la proyección, o más bien el crash sobre lo real, del fantasma cibernético de ciudadanía universal, y, por el otro, un momento excepcional de encuentros, de acciones, de fiestas y de tomas de posesión de la vida común. Esto es lo que no pudo ver la eterna micro-burocracia que busca hacer pasar sus caprichos ideológicos por “posiciones de la asamblea” y que pretende controlar todo en nombre del hecho de que cada acción, cada gesto, cada declaración tendría que ser “validada por la asamblea” para tener derecho a existir.

Para todos los demás, ese movimiento liquidó de manera definitiva el mito de la asamblea general, es decir, el mito de su centralidad.

La primera noche, el 16 de mayo de 2011, había en la Plaça Catalunya de Barcelona 100 personas, al día siguiente 1000, 10.000 en dos días y los dos primeros fines de semana había 30.000 personas. Todos pudieron entonces constatar que, cuando se es tan numeroso, no existe ya ninguna diferencia entre democracia directa y democracia representativa. La asamblea es el lugar donde se está obligado a escuchar sandeces sin poder replicar, exactamente como ante la televisión; además de ser el lugar de una teatralidad extenuante y tanto más mentirosa cuanto que imita la sinceridad, la aflicción o el entusiasmo.

La extrema burocratización de las comisiones tuvo su causa en los más constantes, e hicieron falta dos semanas a la comisión “de contenido” para parir un documento insoportable y desastroso de dos páginas que, ésta pensaba, resumía “aquello en lo que nosotros creemos”. En este punto, ante lo ridículo de la situación, unos anarquistas sometieron a votación el hecho de que la asamblea se volviera un simple espacio de discusión y un lugar de información, y no un órgano de toma de decisión. La cosa era cómica: poner a votación el hecho de no seguir votando.

Cosa todavía más cómica: el escrutinio fue saboteado por una treintena de trotskistas. Y como ese género de micropolíticos destilaba aburrimiento tanto como sed de poder, todos terminaron por desviarse de esas fastidiosas asambleas.

Sin sorpresas, muchos de los participantes de Occupy hicieron la misma experiencia, y sacaron de ello la misma conclusión. Tanto en Oakland como en Chapel Hill, se llegó a considerar que la asamblea no tenía ningún título para validar lo que tal o cual grupo podía o quería hacer, que era un lugar de intercambio y no de decisión.

Cuando una idea emitida en asamblea salía adelante, era simplemente porque suficiente gente la encontraba buena como para darse los medios para ponerla en marcha, y no en virtud de algún principio de mayoría. Las decisiones salían adelante, o no; jamás eran tomadas.

En Plaza Sintagma fue así votada “en asamblea general”, un día de junio de 2011, y por varios miles de individuos, la iniciativa de acciones en el metro; ese día, no se encontraron más de veinte personas en el lugar acordado para actuar efectivamente. Es así como el problema de la “toma de decisión”, obsesión de todos los demócratas del mundo con problemas en la cabeza por resolver, revela para sí misma nunca haber sido otra cosa que un falso problema.

Que con el “movimiento de las plazas”, el fetichismo de la asamblea general se haya ido a la ruina no desdice en nada la práctica de la asamblea. Sólo hace falta saber que de una asamblea no puede salir algo distinto a lo que ya se encuentra en ella.

Si reunimos a miles de desconocidos que no comparten nada fuera del hecho de estar ahí, sobre la misma plaza, no hace falta esperar que lo que salga de ahí sea algo más de lo que su separación autoriza.

No hace falta imaginar, por ejemplo, que una asamblea consiga producir por sí misma la confianza recíproca que conduce a tomar juntos el riesgo de actuar ilegalmente. Que una cosa tan repugnante como una asamblea general de copropietarios sea posible tendría que prevenirnos ya contra la pasión por las asambleas generales. Lo que una asamblea actualiza es simplemente el nivel existente de lo que se comparte. Una asamblea de estudiantes no es una asamblea de barrio, que a su vez no es una asamblea de barrio en lucha contra su “reestructuración”. Una asamblea de obreros no continúa siendo la misma al comienzo y al final de una huelga. Y ciertamente tiene poco que ver con una asamblea popular de los pueblos de Oaxaca.

La única cosa que cualquier asamblea puede producir, si lo intenta, es un lenguaje común. Pero donde la única experiencia común es la separación, no se escuchará otra cosa que el lenguaje informe de la vida separada. La indignación es entonces efectivamente el máximum de la intensidad política que el individuo atomizado es capaz de alcanzar, el cual confunde el mundo con su pantalla así como confunde sus sentimientos con sus pensamientos. La asamblea plenaria de todos esos átomos, a pesar de su conmovedora comunión, no hará otra cosa que exponer la parálisis inducida por una falsa comprensión de lo político, y en primer lugar la inaptitud para alterar en nada el curso del mundo. Esto produce la impresión de una infinidad de rostros pandémicos confinados pegados contra una pared de vidrio y que observan boquiabiertos cómo el universo mecánico continúa funcionando sin ellos.

El sentimiento de impotencia colectiva, tras la alegría de haberse encontrado y contado, dispersó a los propietarios de las tiendas de campaña Quechua con tanta seguridad como las macanas y los gases.

No obstante, en esas ocupaciones había ciertamente algo que iba más allá de ese sentimiento, y era precisamente todo aquello que no cabía en el momento teatral de la asamblea, todo aquello que concierne a la milagrosa aptitud de los vivos para habitar, para habitar lo inhabitable mismo: el corazón de las metrópolis. En las plazas ocupadas, todo lo que la política ha relegado desde la Grecia clásica a la esfera en el fondo despreciada de la “economía”, de la gestión doméstica, de la “supervivencia”, de la “reproducción”, del “día a día” y del “trabajo”, se afirmó por el contrario como dimensión de una potencia política colectiva, se escapó de la subordinación de lo privado.

La capacidad de autoorganización cotidiana que en ellos se desplegaba y que conseguía, en algunos lugares, alimentar a 3.000 personas en cada comida, construir una aldea en algunos días o atender a los amotinados heridos, firma tal vez la verdadera victoria política del “movimiento de las plazas”. A lo cual las ocupaciones de Taksim y de Maidán añadieron, sobre la marcha, el arte de sostener las barricadas y de confeccionar cocteles Molotov en cantidades industriales.

El hecho de que una forma de organización tan banal y sin sorpresas como la asamblea haya sido investida por tal veneración frenética dice, sin embargo, mucho sobre la naturaleza de los afectos democráticos. Si la insurrección se relaciona primero con la cólera, y después con la alegría, la democracia directa, en su formalismo, es antes que nada un asunto de angustiados. Que no ocurra nada que no esté determinado por un procedimiento previsible. Que ningún acontecimiento nos exceda.

Que la situación permanezca a nuestra altura. Que nadie pueda sentirse estafado, o en conflicto abierto con la mayoría. Que nunca se sienta alguien obligado a apoyarse en sus propias fuerzas para hacerse escuchar. Que no se imponga nada, a nadie.

Para tal fin, los diversos dispositivos de la asamblea (desde el turno de palabra hasta el aplauso silencioso) organizan un espacio estrictamente amortiguado, sin asperezas distintas a las de una sucesión de monólogos, que desactivan la necesidad de batirse por lo que uno piensa. Si el demócrata tiene que estructurar en este punto la situación, es porque no se fía de ella. Y si no se fía de la situación, es porque, en el fondo, no se fía de sí mismo. Es su miedo a dejarse llevar por ella lo que lo condena a querer a todo precio controlarla, a riesgo casi siempre de destruirla. La democracia es en primer lugar el conjunto de los procedimientos por los que se da forma y se estructura esa angustia. No hay que llevar a cabo el proceso de la democracia: el proceso de una angustia no se lleva a cabo.

Sólo un despliegue omnilateral de atención (atención no sólo a lo que es dicho, sino sobre todo a lo que no lo es, atención al modo en que las cosas son dichas, a lo que se lee tanto en los rostros como en los silencios) puede liberarnos del apego a los procedimientos democráticos.

De lo que se trata es de sumergir el vacío que la democracia mantiene entre los átomos individuales por medio de una plena atención mutua de unos a otros, por medio de una atención inédita al mundo común. El problema es sustituir el régimen mecánico de la argumentación con un régimen de verdad, de apertura, de sensibilidad a lo que está ahí. En el siglo XII, cuando Tristán e Isolda se encuentran por la noche y conversan, se trata de un “parlamento”; cuando unas personas, entregadas a la suerte de la calle y de las circunstancias, se alborotan y se ponen a discutir, se trata de una “asamblea”. Esto es lo que hay que oponer a la “soberanía” de las asambleas generales, a las habladurías de los parlamentos: el redescubrimiento de la carga afectiva vinculada a la palabra, a la palabra verdadera. Lo contrario de la democracia no es la dictadura, es la verdad.

Es justamente porque son momentos de verdad, en los que el poder está desnudo, que las insurrecciones nunca son democráticas.

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