Poder Popular, vísceras y razonamiento.


Un hombre muere asesinado por la policía. Es un anónimo, un desempleado, un estudiante. Se dice que es un “joven”, que tenía 16 ó 30 años. Se dice que es un joven porque no es socialmente nada, y puesto que uno está a punto de volverse alguien al momento de volverse adulto, los jóvenes son justamente los que siguen sin ser nada. Un hombre muere, un país se subleva. Lo primero no es causa de lo segundo, sólo el detonador. El nombre del muerto se vuelve, en esos días, en esas semanas, el nombre propio del anonimato general, de la común desposesión. Y la insurrección es primeramente la obra de quienes no son nada, de quienes vagabundean en los cafés, en las calles, en la vida, en la facultad, en Internet. Hace que se agregue cualquier elemento fluctuante, plebeyo y después pequeño burgués, que secrete en exceso la ininterrumpida desagregación de lo social. Todo cuanto era considerado como marginal, dejado atrás o sin porvenir, regresa al centro. fueron los “locos”, los “perdidos”, los “buenos para nada”, los “freaks” quienes esparcieron primero la noticia de la desafortunada muerte de su compañero. Se montaron en las sillas, en las mesas, en los monumentos, de todos los lugares públicos, de toda la ciudad. Con sus arengas, hicieron que se sublevara todo lo que estaba dispuesto a escucharlos. Justo detrás de ellos, fueron los estudiantes quienes entraron en acción, los mismos que no aguardan ninguna esperanza de algún tipo de carrera. El levantamiento dura algunos días o algunos meses, conduce a la caída del régimen o a la ruina de todas las ilusiones de paz social.

El levantamiento mismo es anónimo: ningún líder, ninguna organización, ninguna reivindicación, ningún programa. Las consignas, cuando las hay, parecen agotarse en la negación del orden existente, y suelen ser abruptas: “¡Largaros!”, “¡El pueblo quiere la caída del sistema!

En la televisión, en la radio, los oráculos martillean con su retórica de siempre: son sólo bandas extremistas de rompe-vidrios o vándalos, terroristas salidos de ninguna parte, sin duda pagados por por grupos extremos. Lo que se subleva no tiene a nadie que colocar en el trono como reemplazo, aparte, tal vez, de un signo de interrogación. No son ni los excluidos, ni la clase obrera, ni la pequeña burguesía, ni las multitudes quienes se sublevan. Nada que tenga bastante homogeneidad como para admitir a un representante. No hay ningún nuevo sujeto revolucionario cuya emergencia habría escapado, hasta entonces, a los observadores. Si se dice entonces que “el pueblo” está en la calle, no es un pueblo que habría previamente existido, al contrario, es el que previamente faltaba. No es “el pueblo” quien produce el levantamiento, es el levantamiento quien produce su pueblo, al suscitar la experiencia y la inteligencia común, el tejido humano y el lenguaje de la vida real que habían desaparecido.

En Egipto, el 25 de enero de 2011, cientos de miles de jóvenes se tomaron las calles para protestar contra el régimen del presidente Hosni Mubarak. El epicentro fue la icónica plaza Tahrir de El Cairo, donde se originó un bastión revolucionario que desafió a las fuerzas de seguridad. Allí los jóvenes coreaban al unísono «Pan, libertad y justicia social» . Los insurgentes de El Cairo en su mayoría no tenían ninguna vinculación con grupos revolucionarios antes de la “revuelta”, sólo fueron individuos que tuvieron que organizándose para enfrentarse con la policía; es por haber ocupado un rol tan eminente durante sus días de protesta que se encontraron forzados a plantearse, durante la situación, las preguntas habitualmente reservadas a los “revolucionarios”.

En esto reside el acontecimiento: no en el fenómeno mediático que se ha forjado para vampirizar la revuelta por medio de su celebración externa, sino en los encuentros que se han producido efectivamente en ella. Esto es lo que resulta bastante menos espectacular que “el movimiento” o “la revolución”, pero más decisivo. Nadie sabría decir lo que puede un encuentro. Es así como las insurrecciones se prolongan, molecularmente, imperceptiblemente, en la vida de los barrios, de los colectivos, de las okupas, de los “centros sociales”, de los seres singulares, en Brasil al igual que en España, en Chile al igual que en Grecia. No porque pongan en marcha un programa político, sino porque ponen en movimiento unos devenires revolucionarios. Porque lo que fue vivido en ellas brilla con un resplandor tal que quienes hicieron su experiencia tienen que serle fieles, sin separarse, construyendo eso mismo que, a partir de ahí, le hace falta a su vida de antes.

Si en España el movimiento de ocupación de plazas, tras haber desaparecido de la pantalla-radar mediática, no se hubiera proseguido con todo un proceso de puestas en común y de autoorganización en los barrios de Barcelona y de otras partes, la tentativa de destrucción de la ocupación de Can Vies en junio de 2014 no habría sido un fracaso tras tres días de motines por parte de todo el barrio de Sants, y no se habría visto a toda una ciudad participar con un solo movimiento en la reconstrucción del lugar atacado. Simplemente habrían sido unos cuantos okupas protestando en la indiferencia contra una enésima expulsión.

A finales de mayo de 2014, TMB tras ganar un juicio civil contra la ocupación del edificio y llegar a un desacuerdo en la negociación, ordenó su desalojo y derribo. Miles de ciudadanos se acercaron a proteger el edificio, dando lugar a manifestaciones y disturbios con la policía. Se consiguió paralizar la orden de desalojo y comenzó su reconstrucción.

Lo que se construye aquí no es ni la “nueva sociedad” en su estadio embrionario ni la organización que derrocará finalmente el poder para constituir uno nuevo, es la potencia colectiva que, mediante su consistencia y su inteligencia, condena el poder a la impotencia, desbaratando una por una todas sus maniobras. Por lo general, los revolucionarios suelen ser esos mismos a los que las revoluciones tomaron por completa sorpresa. Pero en las insurrecciones contemporáneas se da algo que los desconcierta de una manera particular: ellas no parten ya de ideologías políticas, sino de verdades éticas. Éstas son dos palabras cuyo acercamiento suena a cualquier mente moderna tan contradictorio como un oxímoron. Establecer lo que es verdadero corresponde al papel de la ciencia, la cual no tiene nada que ver con nuestras normas morales y demás valores. Una verdad, es un puente sólido que se encuentra encima del abismo, un enunciado que describe adecuadamente el Mundo. El lenguaje, lejos de servir para describir el mundo, nos ayuda más bien a construir uno. Las verdades éticas no son así verdades sobre el Mundo, sino las verdades a partir de las cuales nos mantenemos en él. Son verdades, afirmaciones, enunciadas o silenciosas, que se experimentan pero no se demuestran. “uno siempre tiene derecho a rebelarse”. Son verdades que nos vinculan, con nosotros mismos, con lo que nos rodea y los unos a los otros. Nos introducen a una vida común, a una existencia indivisible, que no tiene consideraciones por las paredes ilusorias de nuestro Yo. Aquello que nosotros amamos, aquello a lo que estamos unidos (seres, lugares o ideas) forma de igual modo parte de nosotros, porque no nos reducimos a un Yo que alberga el tiempo de una vida en un cuerpo físico limitado por su piel. Cuando el mundo es golpeado, somos nosotros mismos quienes somos atacados.

Paradójicamente, incluso donde una verdad ética se enuncia como un rechazo, el hecho de decir “¡No!” nos coloca de lleno en la existencia. No menos paradójicamente, el individuo se descubre en ella como algo tan poco individual que a veces basta con que uno solo se suicide para hacer volar en pedazos todo el edificio de la mentira social.

El gesto de Mohamed Bouazizi inmolándose ante la prefectura de Sidi Bouzid lo demuestra de manera suficiente.

El 17 de diciembre de 2010, la policía tunecina confiscó los bienes de trabajo de Bouazizi (la carreta, la báscula y sus productos) por no tener un permiso para tal negocio a pesar de que el director de la oficina estatal para el empleo en Sidi Bouzid, había declarado que no es necesario un permiso para vender con una carreta. La policía le agredió físicamente, fue abofeteado y escupido por la oficial Faida Hamdi y sometido al suelo Ese mismo día, intentó presentar una queja ante las autoridades municipales, así como pedir la autorización y la restitución de sus bienes. No le hicieron caso, alegando que el funcionario a cargo estaba en una reunión.

Bouazizi amenazó con prenderse fuego si no le concedían esa cita, pero fue ignorado. Posteriormente consiguió una lata de pintura inflamable en una gasolinera cercana. Una hora después del altercado), gritó en la plaza, en medio del tráfico: «¿Cómo esperan que me gane la vida?

Se roció con el contenido de la lata enfrente del Palacio de Gobierno y se prendió fuego Su potencia de conflagración se debe a la afirmación demoledora que él encierra. Él dijo: “La vida que nos es impuesta no es digna de ser vivida”, “No nacimos para dejarnos humillar así por la policía”, “Podrán reducirnos a no ser nada, pero jamás nos quitarán la parte de soberanía que pertenece a los vivos”.

Mirad cómo nosotros, nosotros los ínfimos, nosotros los apenas existentes, nosotros los humillados, estamos más allá de los miserables medios por los que técnicos de mantenimiento del sistema defienden al parasito, a cambio una cucharada extra de lentejas y ocasionalmente una leve mueca de agradecimiento del amo.

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