Llegado el momento !Salvad mi iPhone!


El problema que plantea el cambio climático no es cómo el departamento de Defensa va a prepararse para las guerras por los recursos. El problema no se resolverá con la compra de un coche híbrido, la firma de tratados o apagando el aire acondicionado. El mayor problema es filosófico, se trata de comprender que nuestra civilización está muerta.” En realidad, hace ya un siglo que el diagnóstico clínico del fin de la civilización occidental fue establecido, y ratificado por los acontecimientos. Disertar en este sentido sólo ha sido desde entonces una manera de justificar la catástrofe que somos nosotros, la catástrofe que es Occidente. No se busca dominar sino aquello que se teme; solo así se comprende que hayamos puesto tantas barreras entre nosotros y la naturaleza. Al sustraerse de la realidad, aquello que es “natural”, el hombre occidental ha convertido su realidad en extensión desolada, nada sombría, hostil, mecánica y absurda, que debe trastornar sin cesar por medio de su trabajo, por medio de un activismo canceroso, por medio de una histérica agitación de superficie. Arrojado sin tregua de la euforia al estupor y del estupor a la euforia.

Intentamos remediar nuestra ausencia en el mundo con toda una acumulación de especializaciones, de prótesis, de relaciones, con todo un montón de chatarra tecnológica al fin y al cabo incapaz de padecer una realidad que, por todas partes, lo supera. Para un hombre comprender el mundo consiste en reducirlo a lo humano, en marcarlo con su sello. El hombre occidental intenta inútilmente hacer coherente su divorcio con la existencia, consigo mismo, con “los otros”, denominándolo su “libertad”, El hombre es uno más de los elementos que conforman la naturaleza y necesita de ella para su existencia aunque el contacto con ella sea insignificante. El vínculo afectivo del hombre con lo natural a nivel cuantitativo es residual. La vida en el fondo, le da nauseas. Es de todo aquello que lo real contiene de inestable, de irreductible, de palpable, de corporal, de pesado, de calor y de fatiga, de lo que ha conseguido protegerse, arrojándolo al plano ideal, visual, distante, virtual, sin fricción ni lágrimas, sin muerte ni olor. Gracias a la pantalla de su ordenador. La mentira de toda la apocalíptica occidental consiste en arrojar al mundo el duelo que nosotros no podemos rendirle. No es el mundo el que está perdido, somos nosotros los que hemos perdido el mundo y lo perdemos incesantemente; no es él, el que pronto se acabará, somos nosotros los que estamos acabados, amputados, atrincherados, somos nosotros los que rechazamos de manera alucinatoria el contacto vital con lo real.

La crisis no es económica, ecológica o política, la crisis es presencial.

…El iPhone concentra en un solo objeto todos los accesos posibles al mundo y a los demás; es la lámpara y la cámara fotográfica, el nivel de albañil y el estudio de grabación del músico, la tele y la brújula, el guía turístico y medio de comunicación; es la prótesis impermeable que protege de los cantos de la realidad, que permite un estado de semipresencia constante, una burbuja autista cómoda, que retiene en sí misma y en todo momento una parte de mi estar-ahí. «Mi legado» en el caso que tras el colapso la humanidad consiga recomponerse.

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