La gestión de crisis como modo de gobierno.


“Si quieres imponer un cambio, desata una crisis”. El poder, lejos de acobardarse ante las crisis, se ensaña en producirlas experimentalmente. “Dónde y cuándo” es una cuestión de oportunidad o de necesidad táctica. Tanto sirven “manadas” como pandemias como unos volcanes para redirigir la a un punto concreto la atención de los individuos. Es un hecho que la «crisis de deudas soberanas” fue disparada por un hombre que era por entonces un agente oficialmente remunerado por el FMI, institución que supuestamente “ayuda” a los países a salir de las crisis. Se trataba de experimentar en un país europeo una política de “ajustes estructurales” a gran escala. Un proyecto neoliberal que continua gestándose y con la pretensión de una completa remodelación de la sociedad internacional. Con su connotación médica, la crisis fue durante toda la modernidad esa cosa natural que ocurría de manera inesperada o cíclica, fijando el plazo para tomar una decisión, una decisión que pondría término a la inseguridad general de la situación crítica. El final era feliz o desafortunado, según la idoneidad de la medicación aplicada. El momento crítico era también el momento de la crítica: el breve intervalo en el que quedaba abierto el debate acerca de los síntomas y la medicación. Actualmente ya no hay nada de esto. El remedio ya no está ahí para poner fin a la crisis. Por el contrario, la crisis es desencadenada con vistas a introducir el remedio. Ahora se habla de “crisis” a propósito de aquello que se tiene la intención reestructurar, así como se designan como “terroristas” a aquellos que uno se prepara a golpear.

El discurso de la crisis entre los neoliberales, es el momento vivificante de la “destrucción creadora”, creadora de oportunidades, de innovación, de empresarios de entre los cuales sólo los mejores, los más motivados, los más competitivos, sobrevivirán. “Éste puede ser en el fondo el mensaje del capitalismo: la ‘destrucción creadora’, el rechazo de tecnologías obsoletas y los viejos modos de producción en favor de los nuevos son la única manera de elevar los niveles de vida.

El capitalismo crea un conflicto en cada uno de nosotros. Somos alternativamente el agresivo empresario y el teleadicto de sofá que, en lo más profundo de sí mismo, prefiere una economía menos competitiva y estresante, en la cual todo el mundo ganaría lo mismo. Por otro lado, el discurso de la crisis interviene como método político de gestión de poblaciones. La reestructuración permanente de todo, tanto de los organigramas como de la asistencia social, tanto de las empresas como de los barrios, es la única manera de organizar, a través de un desquiciamiento constante de las condiciones de existencia, la inexistencia del partido adverso. La retórica del cambio sirve para desmantelar toda costumbre, para destrozar todos los vínculos, para desconcertar toda certeza, para disuadir toda solidaridad, para mantener una inseguridad existencial crónica. Corresponde a una estrategia que se formula en estos términos: “Prevenir mediante la crisis permanente toda crisis efectiva. ”Esto es similar, a escala de lo cotidiano, a la práctica contra-insurreccional bien conocida del “desestabilizar para estabilizar”, que consiste, en lo que respecta a las autoridades, en suscitar voluntariamente el caos a fin de hacer del orden algo más deseable que la revolución.

Mantener a la población en una suerte de estado de shock permanente asegura la estupefacción, la negligencia a partir de la cual se hace de cada uno y de todos casi cualquier cosa que se desee. En ingeniería social, la “depresión constante del individuo” es el producto, no su efecto colateral. Creo que queda claro que la “crisis” no es un hecho económico, sino una técnica política de gobierno. No vivimos la crisis del capitalismo, sino su triunfo Hay que entender que cada “crisis” (natural o provocada) es gestionada bajo la consigna irrenunciable de que el sistema salga reforzado. Ahora todas las cosas se miden en comparación con su Inminente colapso. Cuando se reduce la paga del trabajador, se alega que la otra opción es que deje de cobrar del todo. Cada vez que se alarga el período de cotización de los asalariados, se hace con el pretexto de “salvar el sistema de pensiones”. La crisis presente, permanente y omnilateral, ya no es la crisis clásica, el momento decisivo. Es, por el contrario, fin sin fin, apocalipsis de larga duración, suspensión indefinida, aplazamiento eficaz del derrumbamiento efectivo, y, por esto, estado de excepción permanente. La crisis actual ya no promete nada; al contrario, tiende a liberar a quien gobierna de toda restricción respecto a los medios que son desplegados.

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