CULTURA.


rubon12La cultura no es solamente un ideal, un proceso y un estado, sino también un juego social. El objetivo de este juego es sencillo: mostrarse ante los demás como una persona culta; pero el juego tiene sus reglas y quien no lo haya practicado desde la infancia, después tiene serias dificultades para aprenderlas. ¿Por qué? Porque para poder poner en práctica estas reglas, primero hay que conocerlas. Sólo se nos admitirá en el club de la cultura si dominamos sus reglas de juego; pero sólo en este club podemos aprender a jugar.

Esto es injusto. Pero ¿por qué es así?
Porque el juego de la cultura es un juego de suposiciones. Cuando tratamos con los demás, suponemos que son personas cultas, y a su vez ellos suponen que nosotros los tenemos por tales.
Estas suposiciones son una especie de formas de crédito.
En el ámbito de la moral, el fenómeno es muy corriente; solemos suponer que normalmente la gente es honesta.
Asimismo, la cultura está sometida a un tabú: es inapropiado poner a prueba la cultura del otro como si se tratase de un concurso. Por eso no es aconsejable actuar de este modo:

¿Quién construyó la catedral de Florencia?

¿Qué me dice?

¿No lo sabe?

¿Y dice usted haber hecho el bachillerato?

Este tabú introduce una considerable confusión acerca de lo que se supone que una persona culta debe saber. Y este terreno movedizo causa una inseguridad generalizada que lleva a nuevas suposiciones y a nuevos tabúes.

Otra definición de cultura:
La cultura es un juego social caracterizado por un conjunto de expectativas y de expectativas de expectativas en relación con la cultura de los participantes en dicho juego, quienes no deben hacer explícitas ni las expectativas ni las expectativas de expectativas. Los participantes en este juego han de tener la habilidad de averiguar y cumplir estas expectativas, y, cuando esto no sea posible, evitar que los demás lo noten.
Así, en la cultura, como en el amor, las expectativas son irreales, pues no pueden comprobarse. Ciertas preguntas son tabú: en caso de duda, hay que suponer que los demás conocen determinado contenido cultural y por eso no hay que preguntar por él.
Ciertamente, en una reunión no habría ningún problema en decir:

«Disculpe, ¿podría usted explicarme el segundo principio de la termodinámica? Nunca he logrado entenderlo».

Ante nuestro ruego, seguramente otros exclamarán:

«Yo tampoco»

Y se producirán algunas risitas. El segundo principio de la termodinámica no está entre las cosas que una persona culta debe saber.

Pero plantee usted esta pregunta:

¿Van Gogh?

¿No es el delantero centro de la selección holandesa de fútbol, el que rompió la nariz al portero alemán en el último campeonato mundial?

Si sus contertulios se dan cuenta de que usted está hablando en serio, se quedarán desconcertados, y en adelante intentarán evitarle.
Esto nos lleva a otra definición de la cultura.
La cultura personal se compone de conocimientos por los que no se puede preguntar.
No malinterprete la perplejidad provocada por su pregunta sobre Van Gogh como una muestra de arrogancia por parte de sus contertulios. Dicha perplejidad es más bien el resultado de su desconcierto ante alguien que ha roto el juego de suposiciones propio de la cultura. Esta ruptura los paraliza: de repente, la conversación fluida choca con el muro de la desorientación. Cualquier respuesta que le diesen sería un insulto para usted, y se le trataría como a un leproso. He aquí algunas de las respuestas imposibles:

-No, amigo mío, el Van Gogh del que estamos hablando era un pintor.

Ésta sería la respuesta más directa y, aunque parezca de sentido común, en realidad es una bomba, pues pone de manifiesto que usted es un zoquete y a partir de ahora se le tratará como a un paria.
Otra respuesta podría ser la siguiente:

-No lo creo, pero naturalmente no sé tanto de fútbol como usted.

Esto bastaría para provocar en los demás algunas sonrisas.
Con esta contestación usted aparecería ante ellos como un hooligan, como alguien que está al tanto de todo lo relacionado con este primitivo juego, pero que no sabe nada del arte occidental.
Una tercera respuesta aún más jocosa podría ser: «Sí, pero no fue la nariz, sino la oreja, y no se la cortó al portero, sino a sí mismo».
Esto provocaría una carcajada general y usted, en su confusión, aparecería ante los demás como un imbécil.
Pero como la cortesía prohíbe este tipo de respuestas, sus contertulios se quedarán paralizados y fuera de juego.
Usted no se ha desacreditado ante los demás por poner de manifiesto una laguna cultural, sino porque ha violado las reglas de juego y ha puesto al descubierto los presupuestos implícitos del juego de la cultura. Ha obligado a los participantes en el juego a descubrir y a explicitar lo que hasta ese momento permanecía latente y oculto. Pero ¿por qué resulta tan penoso explicar las reglas de juego y decir lo que hay que saber? ¿Por qué es tan grave poner al descubierto los presupuestos obvios del juego de la cultura?
Muy sencillo: porque estos presupuestos no se pueden fundamentar.
Ni siquiera las personas cultas serán capaces de decirle por qué Van Gogh es uno de los pintores que hay que conocer, mientras que Fritz von Uhde es un pintor al que sólo tienen la obligación de conocer los expertos en pintura, aunque su cuadro Pelando patatas tenga la misma fuerza expresiva que Comiendo patatas de Van Gogh. Pero la obligación de conocer al uno y no al otro es uno de los presupuestos incuestionables que fundan una comunidad.

Otra definición. La cultura es una comunidad de fieles.
Precisamente por ser una comunidad de fieles, la cultura tiene unos textos canónicos. Canon, «vara» en griego, significaba originariamente «regla». Existen unos textos canónicos de esa religión que es la cultura.
Aquellos contenidos culturales que hoy consideramos canónicos no nos los dictan ni los papas ni padres de la Iglesia, sino que son el producto de un largo proceso de selección que sigue prolongándose hasta hoy mismo. Es posible influir en él, pero no dirigirlo.

La cultura es el resultado de un permanente proceso de sedimentación, una especie de morrena terminal, un montón de contenidos depositados por el glaciar de un consenso general. Al igual que los dogmas fundamentales de la religión, este consenso sólo es capaz de instituir una comunidad si no se ve cuestionado.
Ello introduce una división en los hombres entre expertos y legos, integrados y marginados, ya que un grupo sólo puede reconocer su identidad y sus ideales delimitándose claramente de lo que es distinto de él.

Por eso quienes están excluidos de la cultura experimentan el deseo de acceder a ella.

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