De formaciones y merecimientos.


lerdo-naranja-mecanica--478x270Es evidente que en los partidos políticos españoles abundan en los puestos más altos auténticos iletrados, con carrera o sin ella, cuya solvencia intelectual, es a todas luces escasa, individuos que jamás aprobarían sin enchufe la prueba de acceso más elemental.

Los grandes partidos políticos, se han tornado en organizaciones en las que se asciende a base de maniobras entre bambalinas, de tomas y dacas, de zancadillas y promesas, de compraventa de voluntades y adhesiones, del funcionar de círculos cuasi mafiosos. Las habilidades requeridas para tales juegos tienen poco que ver con la calidad intelectual y moral de las personas, más bien se requiere zorrería, ambición cazurra y descaro a raudales. No debemos pues, extrañarnos que en tales grupos se desconfíe de quien esté bien formado, tenga alguna altura de miras y una mínima consistencia moral. La consecuencia es que dentro de los partidos huyen como de la peste los más capaces y los más decentes. También se explica así que cualquier pacto entre partidos no supone nunca renunciar a las ideas, que no se tienen o que no se respetan, e implican repartirse nada más que el pastel.

Sin embargo y a pesar de presidentes estatales y autonómicos y de ministros que no saben hacer la o con un canuto, vivillos sin seso, arribistas sin principios, constatamos, perplejos, que poco más o menos las cosas siguen funcionando. ¿Siguen funcionando? Si así es, o así fuera, tendríamos que concluir que los gobernantes son perfectamente fungibles y hasta prescindibles, que la maquinaria de las instituciones seguiría su curso aunque al timón pusiéramos al más tonto del pueblo, “si es que lo hay más tonto”. Supongo que si no se hunde todo (si no se hunde más) es gracias a que los buenos funcionarios hacen su trabajo y mantienen la maquinaria en funcionamiento, a pesar de la incompetencia sublime de sus jefes.

Renunciamos a grandes dosis de progreso y bienestar porque permitimos que nos manden las acémilas, porque nos recreamos aviesamente en el voto al incapaz y al deshonesto, porque jugamos los electores a la ruleta rusa y masoquistamente disfrutamos con el riesgo de que nos echen a pique el país esos cantamañanas a los que damos el voto por razones tan nobles como que los otros son igual de malos o como que estos malos son los nuestros y a ese partido ya lo votaba mi abuelo y en mi familia somos muy así. Es como aquello de ser del Madrid o el Barcelona porque la primera camiseta que me regalaron de pequeño era de tal equipo. Sólo que lo de la política debería parecernos algo más serio que el fútbol.

En el fondo de todo está un supino desprecio al saber y a la cultura, por no decir que también una indiferencia feroz frente a la honestidad. Muchas veces los ciudadanos sentimos más cercano al burro que al intelectualmente apto. Entre las circunstancias que influyen en nuestro voto está el que sea guapo o feo el candidato, el que sea de este pueblo o de aquel, el que salga en la tele más o menos, el que nos diga cosas bonitas o parezca hosco, el que salga o no en revistas del corazón en compañía de alguna torda o de cualquier profesional del braguetazo, etc., etc. Muy pocas veces y a muy pocos les cuenta el que los candidatos sean o no capaces de estudiar alguna cosa, el que hablen al menos un poco de inglés, el que hayan tenido alguna experiencia profesional para formarse, el que hayan viajado un poquito y conozcan algo del mundo, el que se hayan demostrado capaces de aprobar por las buenas las asignaturas de una carrera del montón.

¿Qué esperamos pues? Dicen que de donde no hay no se puede sacar. A al sistema político establecido le interesa más una sociedad primaria e inculta, una ciudadanía elemental y simplona que pueda presumir de títulos sin fundamento, una organización educativa y académica que a la hora de la verdad procure que los más competentes emigren o que, si se quedan aquí, se conviertan en burócratas de medio pelo. El que no tiene no da, el que no se ha formado malamente admite el valor de la formación, quien tiene pocas luces prefiere la penumbra o la noche en que todos los gatos son pardos.

Son, muchos, unos perfectos lerdos, pero son nuestros lerdos y nos gustan así, torpones y pícaros.

(Extracto recombinado sobre textos de: Juan Antonio García Amado).

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