Las Circunstancias del Yo.


Desde joven he procurado alejarme de las religiones y en particular de ese Dios compinche del ser humano. La educación y el conocimiento que he adquirido me han servido en la búsqueda de argumentos que negasen su existencia.

Por medio de la razón, con tan solo un parpadeo he podido privar de su poder a dioses y seres mitológicos, reducir a consejos moralizantes, creencias ancestrales que han sobrevivido gracias al folclore de los pueblos. Sin apenas esfuerzo, he podido desterrar de mi mente los dogmas que la iglesia ha creado con el único fin de mantener una organización que somete tanto a Dios como a sus adoradores a los intereses particulares de un colectivo que han hecho del dinero su fe verdadera y de la hipocresía su único su mensaje.
Mentira tras mentira, tras mentira, como una enorme cebolla. Toda la grandeza de Dios no ha podido impedir que una persona común como yo, deseche capa a capa, cada uno de los dogmas con los que el hombre a partir de un principio increado ha moldeado a sucebolla2 Dios.
Las ideas que me alejaban de la mentira eran sustituidas por las que me llevaban por el camino de la verdad.
Después de evitar sendas y falsos atajos, después de comprender que solo uno existe un camino correcto, descubrí que solo cambiando mi modo de interpretar mis percepciones, podía permitirme seguir avanzando. La verdad no puede ser entendida sin más por el ser humano, no se adapta nuestro modo limitado de ver las cosas.
Decir que la verdad es azul o es el canto de un búho sería un método valido de exponerla. La verdad no puede ser manipulada para transformarla en algo que podamos comprender.
Es el hombre quien tiene que adaptarse, transformarse. Sintonizar con planos de la existencia que a consecuencia de nuestro estilo de vida occidental pocas veces recurrimos.
Basta con acceder a alguno de esos planos de existencia olvidados para encontrarnos cara a cara con el auténtico concepto de Dios. Es entonces cuando empezamos a obtener nuestras propias respuestas.
Todo aquello que sirve a los hombres para dar un sentido a la vida, pero que sin embargo se pone fuera de la vida, es semejante a Dios: la Naturaleza, el Progreso, la Revolución, la Ciencia, tomadas como realidades absolutas son el análogo a Dios. Con la muerte de Dios los hombres viven desorientados, ya no sirve el horizonte último en el que siempre se ha vivido, no existe una luz que nos pueda guiar de modo pleno. Esta experiencia de la finitud, del sentirse sin remedio desorientado es necesario para empezar un nuevo modo de vida y dejar descansar a los muertos.

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