Sin derecho a vivir.


Balloons.jpgAyer un conocido mío se suicido. Trabajaba de transportista autónomo, Unos meses atrás la empresa a la que estaba vinculado le comunico que ya no requería sus servicios. Inmediatamente el sistema lo fagocito pues se había convertido en un elemento extraño y prescindible, quien sabe si con un poco mas de tiempo peligroso. No pasa nada….

Nos duele por nosotros; no por los que viven en sus carnes eso de ser victimas de los efectos colaterales. No queremos perder a los que tenemos a nuestro alrededor para evitarnos ese pinchazo en el corazón cada vez que pensamos en ellos, sin preguntarnos que es lo que realmente querían o necesitaban.

Un parado se suicida porque ya está socialmente muerto, y porque ya no encuentra “su sitio”.

El ciudadano de a pie debe estar dispuesto a asumir que se le ha engañado otra vez Por mas que muchos se crean en su estupidez que de esta van a salir reforzados. La crisis actual es equivalente o quizás peor que la de 1929. Sus efectos se pueden medir cuantitativamente en número de parados, empleos precarios, bajada de sueldos, aumento de la competitividad entre los asalariados que sufren el chantaje al empleo, reducción de inversión en todo lo que mantiene un vínculo social digno (sanidad, educación, vivienda, etcétera).

La “sociedad” no existe: lo que hay son individuos aislados enfrentados, y autoridades públicas organizando restricciones. El sistema político sacrifica la solidaridad sobre el altar de la competitividad, fomenta la lucha de todos contra  todos, y su actividad para con el ciudadano tiende a volverse solo penal,  es el vigilante sumiso del capitalismo liberal.

El paro de larga duración provoca el desprecio de uno mismo, la distancia respecto los demás, devaluación del estatus en el seno de la familia, pérdida de confianza, aceptación cada vez más resignada de la degradación de las condiciones de vida.

Lo más importante es el sentimiento de desamparo social, que invade al ser humano así humillado. Lo más duro es el despertar diario sin nada que hacer; el vivir otro día más el fracaso social, no ver el fin del túnel, el fin del ser nada. Lo más indigno es pedir ayuda, cobrar el paro, cuando uno quiere trabajar.

La exclusión social puede llevar al auge de movimientos antidemocráticos, xenófobos, y, sobre todo, a una batalla encarnizada en contra de los que tienen un empleo. Y eso no es por casualidad, sino más bien porque los responsables de la crisis hacen todo para desviar la cólera de las víctimas dirigiéndola en contra de los “privilegiados”, funcionarios públicos, familias asistidas, trabajadores inmigrantes.

Las políticas asistenciales de los poderes públicos son cada vez más restrictivas, y ahora en Europa ya hay cientos de miles de parados echados a la calle, sin ayuda ninguna. El desamparo es la categoría psicosocial más adecuada para definir la patología dominante de esta crisis.

Los parados tanto como la población activa, no tienen más que un lema de movilización: “¡Basta, no podemos más!”. No es un grito de reivindicación, sino de extenuación. Salvo si uno se deja invadir por lo peor de su propia conciencia y no encuentra mejor opción que desaparecer…..

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