Acceso a la Cultura y Visión global.


sapinsedEntre las gentes más humildes (y las mas arrogantes) está muy arraigada la creencia poco menos que supersticiosa de que el que no fue a la escuela no sabe nada, el que sólo tiene estudios primarios sabe poco, el que los tiene secundarios bastante y que, en la cúspide, el universitario es aquel que tiene una amplísima cultura, el que conoce de las más variadas cosas del mundo con soltura y gran dominio. Así que entre la masa difusa el saber se le supone al que cursa estudios y alcanza títulos académicos. Qué timo, qué engaño tan cruel.

Quien tenga trato con personas de distinta extracción social y diferentes niveles formativos que haga mentalmente repaso y medite sobre si habrá algo de verdad o sólo exageración en lo que ahora mismo voy a decir:

La pirámide del saber se está invirtiendo de tal manera y a tanta velocidad, que hoy mismo es ya más fácil encontrarse con un labrador u obrero culto que con un licenciado o doctor que sepa algo más que las cuatro reglas de su oficio, ya sea éste el de la ingeniería, las leyes o, incluso, las letras. Eso sí, finos, lo que se dice finos, lo son mucho más los titulados, pues dominan el lenguaje políticamente correcto y el arte de la diplomacia, para no molestar a quien pueda estar al lado, no vaya a ser alguien con posibles que nos pueda hacer un buen favor. En cambio, los otros hablan a gritos, se ponen un palillo entre los dientes y hasta blasfeman. Pero si se hace el esfuerzo de no pararse en necedades y poner el oído a las conversaciones, se captará que suele haber más imaginación, experiencia y saberes, y mejor castellano, en la charla de cualquier bar o comercio de barrio que en una cafetería de cualquier facultad universitaria.

Las clases con escasa formación puede que fantaseen con los elevados conceptos que los profesores universitarios tratan en sus conversaciones. La realidad. El tema que se repite día tras día puede resumirse así:

Alguien hace una alusión a algún programa de eso que se llama eufemísticamente telebasura e inmediatamente los contertulios responden, al unísono, que ellos apenas la ven cuando. Aquel que habló primero aclara rápidamente que él tampoco ve aquellos programas y que los menciona de oídas, por lo que le cuenta su asistenta, que se los traga todos, ¡como tiene tanto tiempo libre!… A los cinco minutos todos los reunidos ya están repasando con el mayor de los detalles la vida, milagros y merecimientos de los concursantes de la isla, la casa o el hermano idiota, o ilustrando las últimas y sorprendentes prácticas amatorias de alguna peripatética cortesana de las televisiones privadas y públicas. Y no es raro que cuando acaba la pausa del café, al cabo de hora y media, y todos se van tan desahogados, alguno comente, para quitar hierro, que no serán tan malos esos programas, si bien se mira, pues hasta el decano

Y no, el problema no está en qué programas contemplen esas personas de la supuesta élite intelectual y profesional, ni en cuáles sean sus otros vicios privados. Lo terrible es que la inmensa mayoría de esos mismos sujetos no tiene ni la más remota idea de quién escribió la Eneida o la Divina Comedia, en qué año acabó la Primera Guerra Mundial, cuántos siglos estuvieron los árabes en la Península Ibérica o cómo se llama la capital de Finlandia.
Que pasaría si a cien profesores universitarios tomados al azar (o a cien abogados, o médicos, o ingenieros, o maestros…) se les somete a un cuestionario de culturilla general con cien preguntas del estilo de éstas, seria exagerado que ni un treinta por ciento de ellos no seria capaz de responder correctamente ni una tercera parte. Eso sí; con sólo proponerlo así, medio en broma, ya se estarán levantando voces que digan que el saber puramente acumulativo o enciclopédico es inútil y retrógrado, y que la cultura es otra cosa. Claro que sí, claro, la cultura a considerar como buena, es la síntesis de Almodóvar y Mar Flores, no me digas más. Y la Pasarela Cibeles y Ferrán Adrià, que se me olvidaban.

¿Cómo hemos llegado a esto? No lo sé y sería muy largo andarse aquí con hipótesis. De lo que no me cabe duda es de que las instituciones educativas han dejado hace tiempo de cumplir un papel que merezca tal calificativo, Por supuesto no dudo del esfuerzo individual de cada uno de los profesionales implicados pero el fruto de esos esfuerzos es el nacimiento por generación espontánea de especialistas en didácticas y pedagogías que compiten para ver quién inventa el mejor sistema para que la ignorancia no suponga esfuerzo y para que el más zoquete no se acompleje ante los que quieran aprender algo.
¿Es lo propio de una mente retrógrada el querer que las instituciones más relevantes estén en manos de los mejor formados?
Pues eso, entendido queda, y no seré yo quien lo discuta, que lo progresista es que nos gobiernen y nos enseñen los más cenutrios y descarados. Así que a dejar de leer y a operarse la papada si queremos llegar a algo en la vida.
Pues a lo mejor está bien así y la sociedad es más justa de este modo, con catedráticos de universidad que saben poco más que el resto de personas, en ese estrato del conocimiento que abarca su disciplina y sin embargo carece de un nivel de cultura que se supondría debería estar por encima de la media. Dicho más enrevesado: Carecen de los elementos que indirectamente en su conjunto garantizan una comprensión global de la información, algo imprescindible para el avance eficaz del conocimiento.
Pase, y pongamos que la cultura se haya socializado al fin y que es mejor que los que más ganan y más mandan sepan menos, con lo que quizá hemos encontrado la panacea de la justicia social.
Como parece que las cosas van a seguir así, debería advertirse honestamente a la sociedad de unos cuantos detalles, para evitar más fraudes. Por ejemplo: habría que decir a los pobres padres, que se parten el alma trabajando para que sus hijos vayan a la universidad a hacerse personas sabias y con buena formación, que no, que no es eso lo que van a conseguir, aunque se licencien o se doctoren. Convendría explicar que por carecer de estudios superiores no tienen por qué acomplejarse, ni cortarse ni un pelo cuando entran en locales llenos de profesionales liberales y funcionarios de altos niveles, pues no es que por regla general éstos sepan más, sino que simplemente visten mejor y se preocupan más de la marca de la ginebra que beben. Y al que prepara sus oposiciones para conserje de instituto o trabajador de los jardines municipales alguien debería tener valor para contarles que sus pruebas no la superarían ni el diez por ciento de los que lo van a mirar toda su puñetera vida por encima del hombro.

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