Pahenay (Francia) sábado 02 de junio.


Incurrir en el pecado del silencio cuando se debiera protestar, hace cómplices y cobardes a los hombres.

Sinlay Sabia a donde había venido, el laboratorio que visitaba solo era una rama de una compleja red de empresas que formaban un mundo donde los conceptos, legal, ético, moral, quedaban difuminados ante otros como rentabilidad, control, élite.

No estaba asombrado por lo que acababa de leer. Cualquiera de las personas que trabajaban en la corporación Umbrella  en su interior no tenían ningún tipo de sentimiento de culpabilidad, realizaban su trabajo.
A su manera apaciguaban por otros medios a su conciencia. El daño que se producía a una minoría era compensado por el beneficio que obtenía el resto. Era común que alguien estuviera dispuesto a satisfacer las necesidades de otros si esto les permitía cubrir las suyas.
No podían quedarse al margen y permitir que sus hijos prescindieran de una sólida formación que les permitiera sobrevivir en una sociedad tan competitiva. Debían protegerlos de los que reclamaban privilegios a los que no tenían derecho. Seres ignorantes que no se habían esforzado en escalar un lugar en la sociedad y que ahora miraban hacia arriba con rencor y envidia el fruto de años de esfuerzo.
Era por sus hijos que consentían en realizar actos que eran contrarios a su fe. Y que mejor manera de purgar esos pecados, que entregando lo más preciado de un padre, sus hijos; educándolos para la adoración a un Dios que sabe perdonar a los justos y castiga a los que no siguen sus normas.
Que mejor prueba de la bondad de Dios que perdona a los que le complacen y se arrepienten de sus pecados permitiéndoles una vida digna. Y por el contrario castiga a los que le ofenden, a los que no se esfuerzan en servirle y solo se preocupan de manera egoísta de obtener su gloria en la tierra ignorando su obligación de alabar a su creador.

Es por tanto lógico que dios premie a los que le son fieles dotando a sus hijos de la capacidad de someter a los hijos de los hombres que no son educados en el temor a Dios.

Sinlay sabía que esa, era una más de las justificaciones que permitían que una persona se aprovechase de otra, sin caer en el pozo de su conciencia.

—Muchas gracias Señor ahora debo irme tengo otros compromisos.

—Ho! lo lamento confiaba en que pudiésemos charlar de Huvert mientras almorzábamos juntos.

—Créame cuando le digo que en Huvert tengo invertidas grandes esperanzas para que sea el primero de una nueva generación regentes de nuestra sociedad.

—También quería hablarle de unos rumores que le afectan a usted directamente.

—Tendrá que ser en otro momento he de coger un avión a Barcelona. Tengo fama de ser una persona que acude puntual a sus citas. No querrá que por unos rumores pierda algo tan difícil de conseguir—. Sinlay ofreció su mano para despedirse

Llámeme estaré encantado de atenderle, charlaremos y discutiremos sobre todos los rumores que quiera.

***

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