45- Calella. Jueves 27 de septiembre.


La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir.

Clara la asistenta ya estaba acostumbrada a los desplantes de su señora. No se los tomaba en cuenta. Dos años atrás era una persona alegre y considerada, Clara sabia que estaba enferma los accesos de pánico últimamente eran mas frecuentes y ella misma la había oído llorar en su habitación durante horas con el tiempo había aprendido a tratarla. La señora nunca cogía el teléfono ni se podía dirigirse a ella cuando estaba de espaldas y podía ser sorprendida.

—Señora… Soy Clara, ¿Puedo pasar? Le traigo el vestido que me ha pedido.

—Pareces idiota pasa y no pierdas mas el tiempo—. Clara giro el pomo de la puerta y entro mirando al suelo pero observándola disimuladamente. Parecía que estaba bastante bien pero no podía bajar la guardia.

La semana pasada Estela la hija de Marcos el empleado de mantenimiento, fue la desencadenante de su última crisis. Ocasionalmente ayudaba a clara, en las tareas de la casa que requerían de la energía que proporciona la juventud. Ese día Estela y Clara habían convenido que iban a retirar una cajonera de la habitación de la señora para limpiar a fondo esa zona. Estela considero que ella sola era capaz de mover el mueble y sin mas golpeo  la puerta suavemente pero con firmeza al no obtener respuesta volvió a insistir  decidió entrar pero mientras giraba el pomo dudaba de que fuese correcto entrar sin el permiso de la señora o en su ausencia, de Clara así que soltó el pomo lentamente hasta que volvió a su posición original pensó que era una perdida de tiempo ir a buscar a clara y que podía hacer meritos si le decía que ella sola había hecho sola todo el trabajo por lo que abrió la puerta sin mas dilación. Un grito de pánico se escucho en la totalidad de la casa lo que provoco que todas las personas que la habitaban la finca en ese momento se personaran en la habitación de manera fulminante. Estela lloraba de impotencia al no entender que pasaba. La señora estaba en la esquina de la habitación mas alejada de la puerta de entrada en una posición digna de la mejor actriz de cine de terror la rápida intervención de Clara ayudo a que la tensión descendiera a niveles razonables. Tras la visita de un servicio de ambulancias privada que garantizaba una discreción directamente proporcional a la minuta que solicitaban, la señora fue diagnosticada de un síndrome agudo de ansiedad, en lenguaje coloquial como observo una de las enfermeras cuando hablo con Clara a modo de confidencia, “Esa mujer tiene miedo de su propia sombra”. Durante tres días la entrada de enfermeras médicos y psiquiatras fue constante. Clara sentía por su señora algo similar a lo que siente una madre por un hijo por muy frió y ruin que pueda mostrarse. La señora le hizo jurar que su marido no se enteraría de nada, como siempre Clara se hizo cargo de todo.

—Vamos espabila ¿han traído las flores?

—Si señora el jardinero ha venido esta mañana—. El móvil de Clara emitió un leve zumbido. —Perdone señora creo que es su marido—. En efecto Isaac anunciaba que estaba saliendo de la autopista y que en menos de diez minutos llegaría a casa.

cibeles.pngLa sonrisa de lo decía todo estaba radiante la llegada de su marido era un acontecimiento que compensaban la desidia de ver pasar la vida privada de la compañía de la persona que amaba y daba sentido a su vida.

—Isaac me alegro de verte—. Dijo Cibeles en un tono que iba más allá de la propia frase y delataba la complicidad que compartían.

—Creo que esta noche no es apropiada para salir al jardín. De hecho no podré cenar contigo… tengo que acabar un trabajo—. Dijo Isaac sin apenas fijarse en su perfecto maquillaje, ni en el sugerente vestido azul cobalto que atraería la mirada de cualquier hombre o mujer que se cruzara con ella.

Cibeles se sintió contrariada; cómo siempre que llegaba a casa después de un viaje, ella organizaba de forma sutil las actividades con las que complacer a su esposo. Sin embargo a pesar de la decepción que sintió la expresión de su cara no fue perturbada. La arrogante mirada y el gesto de desprecio que ofrecía a todo aquel que la tratara habitualmente, ahora era todo sometimiento y esperanza de que su amado no la dejara de lado.

—Voy a acomodarme después estaré en mi despacho. Isaac entrego una nota a su esposa para rápidamente desaparecer por uno de los pasillos del salón que conducían a su habitación.

Cibeles recupero su expresión y carácter habitual, cuanto estuvo segura que su marido ya no estaba presente

—No quiero ver a nadie en esta casa. Que todo el mundo se baya !sin excepciones!—. Estaba acostumbrada a mandar y el tono de su voz no admitía replicas.

—Clara—. Dijo Cibeles alzando la voz.

— ¿Señora? —… Clara dirigió su mirada al rostro de su señora, sus labios estaban apretados y los ojos se clavaban allá donde fijaba la vista, estaba poseída por la ira.

—Anúlalo todo inmediatamente y desaparece de una vez—.

Diez segundos después el silencio era sepulcral. Cibeles intentaría mas tarde atraer la atención de Isaac

—Reparo en la nota que sin darse cuenta estaba convirtiendo en papel prensado, con cierta dificultad consiguió desdoblarla

 

Lamento no poder estar contigo.

Te necesitare a las doce en el despacho.

 Mientras tanto… ¿porque no descansas viendo la tele?

Cibeles se quedo sorprendida Isaac sabia perfectamente que nunca veía la tele como distracción. Era evidente que algo le pasaba estaba raro pensaba descansar pero leyendo el libro que semanas antes Isaac le había regalado. Dirigió la mirada a su sillón  allí encima de una pequeña mesa le esperaba su libro “Confesiones” de J.J. Rousseau, después de el, pocos habían alcanzado en su obra la hondura del autoanalisis, el afán de ser sincero, hasta sus ultimas consecuencias. Algo llamo la  atención de Cibeles. Encima de la televisión  estaba la

llave de la librería privada de Isaac tenia, nunca la había visto abierta, pensándolo mejor… una vez su marido la abrió en su presencia y ella le pregunto porque la cerraba con llave. A lo que el le respondió.

—Aquí guardo documentos que son muy importantes para mí. Si se perdiera alguno o cayera en manos inadecuadas podrían hacer mucho daño. Cerrando con llave me aseguro que si falta algún documento de su lugar es responsabilidad mía y no he de recelar de los que os merecéis mi total confianza.  Pero lo que vio a través del cristal le hizo ceder a la curiosidad que sentía ya que el orden meticuloso que caracterizaba cada balda de esa librería quedaba roto por uno de los diarios que sobresalía fuera de su fila. Isaac es un gran hombre con grandes responsabilidades que no le permiten descansar como el resto de las personas. Es excepcional, merece que dedique todo mi ser a alguien que resuelve los problemas de gente importante. Mientras Cibeles elaboraba más argumentos de disculpa por el comportamiento de su marido. Pensó que podía aprovechar la oportunidad para comprenderle mejor. Abrió la puerta de la librería cogió el diario  y se sentó a ojearlo en el sofá.

***

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