42- Agartha. Miércoles 12 de septiembre.


No te preocupes por lo que escapa a tu percepción pues te a sido mostrado más de lo que puedes comprender.

Escribo esta carta en mi lecho de muerte con  esperanza en que llegara a aquel que me ha de relevar de la carga.
Seguramente, cuando esta carta llegue a sus manos, yo estaré muerta: Ellos no perdonan y nosotros no pedimos clemencia. Esta posibilidad no me preocupa, ya que la muerte es en nuestro caso, sólo una ilusión.
Una Voluntad, más poderosa que nosotros, nos ha puesto en el camino. Quizás también busque una respuesta sin saberlo, quizás en esta carta esté esa respuesta.
Si esto es así, o si ya es consciente del Gran Engaño, entonces… Lea con detenimiento lo que sigue pues aquí encontrará algunas claves para orientarse en el Camino de Regreso al Origen.

Seré clara hasta donde pueda. Se que me comprenderá pues solo accederá a esta carta si lleva visiblemente plasmado el Signo del Origen.

Comenzaré por informarle que soy portadora de un Secreto inmemorial. Ahora no importa que los Golen me asesinen pues el objetivo de mi Estrategia está cumplido. Conseguí distraerlos tras mis pasos, mientras mi fiel compañera  llevaba a cabo su misión viajando en busca de la piedra madre, para transportar hasta allí el arca de la que nunca debió salir  ya que su presencia producía una epidemia de éxtasis y muerte cuando era expuesta a la población.  Yo partí enseguida, en sentido contrario, con la consigna de cubrir la misión de mi compañera desviando sobre mí la persecución de los Golen. La Sabiduría Angélica me ayudó, aunque nada podría hacer al final contra el poder de sus diabólicas drogas, una de las cuales me fue suministrada hábilmente en uno de mis viajes.

El Secreto, en síntesis, consiste en lo siguiente….

Desde que fui elegida guardián de la piedra mantuve oculta, mi piedra Venus, la herramienta con el cual los guardianes de la piedra podemos conocer de forma consciente los deseos de la piedra madre, tal vez el conocimiento oculto más antiguo  de la raza humana. Tal Instrumento permite a los Iniciados adquirir el conocimiento del Origen, abandonando definitivamente el demencial universo de las Formas Creadas de la materia y la energía.

¿Cómo llegó a mí poder ese Instrumento? En verdad, para aproximarse a la respuesta directa, habría que remontarse a miles de años atrás, El pueblo, que habitaba la península ibérica desde tiempos inmemoriales, lo denominaré, para simplificar, “Ibero” en adelante, sin que ello signifique adherir a ninguna teoría antropológica o racial moderna: la verdad es que poco se sabe actualmente de los Iberos pues todo cuanto a ellos se refería, especialmente a sus costumbres y creencias, fue sistemáticamente destruido u ocultado por nuestros adversarios. Ahora bien, en la Época en que conviene comenzar a narrar esta historia, los Iberos se hallaban divididos en dos bandos irreconciliables, que se combatían a muerte mediante un estado de guerra permanente.

goyaLos motivos de esa enemistad no eran menores: se basaban en la práctica de Cultos esencialmente contrapuestos, en la adoración de Dioses Enemigos. Por lo menos esto era lo que veían los miembros corrientes de los pueblos contendientes. Sin embargo, las causas eran más profundas y los miembros de la nobleza gobernante, reyes y jefes, las conocían con bastante claridad. Según se susurraba en las cámaras más reservadas de sus cortes, puesto que se trataba de un secreto celosamente guardado.

Arribaron  grupos de sobrevivientes de una lejana tierra que se hacían llamar Atlantes y pertenecían a dos grupos diferentes. Unos eran cordiales semejantes a los miembros de mi pueblo, y los otros eran de tez más morena, de difícil trato y gran reserva. Estos grupos, no muy numerosos, poseían conocimientos asombrosos, incomprensibles para los pueblos continentales, y poderes terribles, poderes que hasta entonces sólo se concebían como atributos de los Dioses. Así pues, poco les costó ir dominando a los pueblos que hallaban a su paso.

Los Atlantes no se detenían jamás definitivamente en ningún lugar sino que constantemente avanzaban hacia el Este. Su marcha era muy lenta, pues ambos grupos se hallaban dedicados a difíciles tareas, en las que invertían mucho tiempo y esfuerzo. Para ejecutarlas con efectividad necesitaban el apoyo de los pueblos nativos.

En realidad, sólo un grupo efectuaba la tarea más “pesada” puesto que, después de estudiar minuciosamente el terreno, se dedicaba a modificarlo en ciertos lugares especiales mediante enormes construcciones megalíticas: menhires, dólmenes, cromlechs, pozos, montes artificiales, cuevas, etc. Aquel grupo de “constructores” era el de Raza blanca y había precedido en su avance al grupo moreno. Este último, en cambio, parecía estar persiguiendo al grupo blanco pues su desplazamiento era aún más lento y su tarea consistía en destruir o alterar mediante el tallado de ciertos signos las construcciones de aquellos.

Justamente, los pueblos nativos se encargarían de cumplir con una “misión” que sería del agrado de los Dioses.

Para ello habían trabajado pacientemente sobre las mentes dúctiles de ciertos miembros de las castas gobernantes, convenciéndolos sobre la conveniencia de convertirse en sus representantes frente al pueblo. Una oferta tal sería difícilmente rechazada por quien detente una mínima vocación de Poder, pues significa que para el pueblo, el Poder de los Dioses ha sido transferido a algunos hombres privilegiados. Cuando el pueblo ha visto una vez el Poder, y guarda memoria de él, su ausencia posterior pasa inadvertida si allí se encuentran sus delegados escenificando la apariencia de que ese Poder les ha sido legado. Los regentes del Poder acaban siendo los sucesores del Poder. A la partida de los Atlantes,  siempre quedaban sus representantes, encargados de cumplir y hacer cumplir la misión que “agradaba a los Dioses”.

—¿Es especie de leyenda? ¿Un cuento?—. Dijo Pilar sin demasiado entusiasmo.

—Esta es la primera parte  tome, la segunda—.Dijo Osei entregándole un nuevo escrito que saco de un porta-documentos de aspecto envejecido.

Mi salud ha decaído. Pocas son las horas que me restan.
Me siento obligada a finalizar mi testimonio, más la débil energía que me mantiene me obliga a describir la historia del inicio en forma breve.

Los Atlantes, siempre dejaban a sus representantes, encargados de cumplir y hacer cumplir la misión que “agradaba a los Dioses”.

¿Y en qué consistía aquella misión? Naturalmente, tratándose del compromiso contraído con dos grupos tan diferentes como el de los Atlantes blancos o los morenos no podía referirse sino a dos misiones esencialmente opuestas. No describiré aquí los objetivos específicos de tales “misiones” pues serían absurdas e incomprensibles.

Diré, en cambio, algo sobre las formas generales con que las misiones fueron impuestas a los pueblos nativos.

No es difícil distinguir esas formas e, inclusive, intuir sus significados, si se observan los hechos con la ayuda del siguiente par de principios.

En primer lugar, hay que advertir que los grupos de Atlantes desembarcados en los continentes después del “Hundimiento de la Atlántida” no eran meros sobrevivientes de una catástrofe natural, algo así como simples náufragos, sino hombres procedentes de una guerra espantosa y total. El hundimiento de la Atlántida es, en rigor de la verdad, sólo una consecuencia, el final de una etapa en el desarrollo de un conflicto, de una Guerra Esencial que comenzó mucho antes, en el “Origen” un lugar extraterreno del espíritu humano, y que aún no ha concluido.

Aquellos hombres, actuaban regidos por las leyes de la guerra. No efectuaban ningún movimiento que pusiese en peligro la Estrategia de la Guerra Esencial.

La Guerra Esencial es un enfrentamiento de Dioses, un conflicto que comenzó en el Cielo y luego se extendió a la Tierra, involucrando a los hombres en su curso. No te confundas no era una guerra que se adapte al concepto humano era algo intelectual dialéctico  mas parecido a una lucha de poder político para imponer un criterio.

En  la Atlántida sólo se libró una batalla de la Guerra Esencial; y en el marco de las fuerzas enfrentadas, los grupos de Atlantes, el blanco y el moreno, habían intervenido como planificadores o estrategas de su bando respectivo. Ellos no habían sido ni los jefes ni los combatientes directos en la Batalla de la Atlántida: en la guerra moderna sus funciones serían las propias de los “analistas de Estado Mayor”; disponían de un instrumento temible: el cerebro humano especializado hasta el extremo de sus posibilidades en una lucha que se desarrollaba en su medio nativo el mundo de la materia.

En resumen: cuando se produce el desembarco continental, una fase de la Guerra Esencial ha terminado: los jefes se han retirado a sus puestos de comando y los combatientes directos, que han sobrevivido al aniquilamiento mutuo, padecen suertes diversas. Algunos intentan reagruparse y avanzar hacia una vanguardia que ya no existe, otros creen haber sido abandonados en el frente de batalla, otros huyen en desorden, otros acaban por extraviarse o terminan olvidando la Guerra Esencial. Empleando el lenguaje con que los Atlantes blancos hablaban a los pueblos continentales.

“Los Dioses habían dejado de manifestarse a los hombres porque los hombres habían fallado una vez más.

No resolvieron aquí el conflicto, planteado a escala humana, dejando que el problema regresase al Cielo y enfrentase nuevamente a los Dioses. Pero los Dioses se habían enfrentado por razón del hombre, porque unos Dioses querían que el Espíritu del hombre regresase a su Origen, más allá de las estrellas, mientras que otros pretendían mantenerlo prisionero en el mundo de la materia”.

Los Atlantes blancos estaban con los Dioses que querían liberar al hombre del Gran Engaño de la Materia y afirmaban que se había luchado duramente por alcanzar ese objetivo. Pero el hombre fue débil y defraudó a sus Dioses Liberadores. Permitió que la Estrategia enemiga ablandase su voluntad y le mantuviese sujeto a la Materia, impidiendo así que la Estrategia de los Dioses Liberadores consiguiese arrancarlo de la Tierra.

Fue entonces cuando la Batalla de la Atlántida concluyó y los Dioses se retiraron a sus moradas, dejando al hombre prisionero de la Tierra pues no fue capaz de comprender su miserable situación ni dispuso de fuerzas para vencer en la lucha por la libertad espiritual. Pero Ellos no abandonaron al hombre; simplemente, la Guerra ya no se libraba en la Tierra: un día, si el hombre voluntariamente reclama su lugar en el Cielo, los Dioses Liberadores retornaran con todo su Poder y una nueva oportunidad de plantear la batalla sería aprovechada; será esta vez la Batalla Final, la última oportunidad antes de que los Dioses regresen definitivamente al Origen, más allá de las estrellas. Los combatientes directos los que lucharon por la libertad del Espíritu los que recordasen la Batalla de la Atlántida, los que despertasen del Gran Engaño, o los buscadores del Origen, deberían librar en la Tierra un durísimo combate personal contra las Fuerzas de la Materia, es decir, contra fuerzas enemigas abrumadoramente superiores… y vencerlas con voluntad heroica: sólo así serían admitidos en el “Cuartel General de los Dioses”. En síntesis: según los Atlantes blancos, “una fase de la Guerra Esencial había finalizado, los Dioses se retiraron a sus moradas y los combatientes estaban dispersos; pero los Dioses volverían.

Lo probaban las presencias atlantes allí, construyendo y preparando la Tierra para la Batalla Final. En la Atlántida, los Atlantes morenos fueron Sacerdotes que propiciaban un culto a los Dioses de la materia, traidores al Espíritu del hombre.

Los Atlantes blancos, por el contrario, pertenecían a una casta de Constructores Guerreros, o Guerreros Sabios, que combatían en el bando de los Dioses Liberadores del Espíritu.

Los Atlantes morenos intentaban destruir sus obras: porque adoraban a las Potencias de la Materia y obedecían el designio con que los Dioses Traidores encadenaron el Espíritu a la naturaleza animal del hombre”.

Puede que sea incierto pero es algo que ya nunca podré verificar.

Unos cuarenta mil años antes, los Dioses Liberadores,  que por entonces gobernaban la Atlántida, habían encomendado a los Atlantes blancos la Raza de “Ka”. Una misión inicial, un encargo cuyo cumplimiento demostraría su valor y les abriría las puertas de la Sabiduría: debían expandirse por todo el mundo y vencer al animal hombre, al homínido primitivo de la Tierra”. Ya que su integración con las fuerzas de la naturaleza no les hacia aspirar a equipararse a los dioses del mundo espiritual. Los hombres de Ka cumplieron con  eficiencia su tarea. Fueron recompensados por los Dioses Liberadores con el Magisterio de la Piedra  y reconocidos como Guardianes de la Sabiduría Lítica.

Cuando digo que “pertenecían a una casta de Constructores Guerreros”, ha de entenderse “Constructores en Piedra”, “Guerreros Sabios en la Sabiduría Lítica”. Y esta aclaración es importante

porque en su Ciencia sólo se trabajaba con piedra, vale decir, tanto las herramientas, como los materiales de su Ciencia, consistían en piedra pura, con exclusión explícita de los metales.

“Los metales, explicarían luego a los iberos, representaban a las Potencias de la Materia y debían ser cuidadosamente evitados o manipulados con mucha cautela”. Al transmitir la idea de que la esencia del metal era demoníaca, los Atlantes blancos La raza de Ka buscaban evidentemente infundir un tabú en los pueblos aliados; tabú que, por lo menos en caso del hierro, se mantuvo durante varios miles de años. Inversamente los Atlantes morenos, sin dudas por su particular relación con las Potencias de la Materia, estimulaban a los pueblos que les eran adictos a practicar la metalurgia y la orfebrería, sin restricciones hacia ningún metal. Y éste es el segundo principio que hay que tener presente, los Atlantes blancos encomendaron a los iberos que los habían apoyado en las construcciones megalíticas una misión que puede resumirse en la siguiente forma: proteger las construcciones megalíticas, conservar el secreto de las proporciones a si como los ideogramas e iconos que albergaban las sagradas estructuras que eran la base del conocimiento que se les habia legado y mantenerse a la defensiva contra los aliados de los Atlantes morenos. Estos últimos, por su parte, propusieron a los iberos que los ayudaban una misión que podría formularse así.

blak stonmoDestruir las construcciones megalíticas. Si ello no fuese posible, modificar las formas de las piedras hasta neutralizar las funciones de los conjuntos.

Si ello no fuese posible, grabar en las piedras los signos arquetípicos de la materia correspondientes que neutralizasen  la función para la que habían sido creados. Si ello no fuese posible, distorsionar al menos el significado de la construcción convirtiéndola en desguarnecido monumento  y combatir a muerte a los aliados de los Atlantes blancos. Como dije antes, después de imponer estas “misiones” los Atlantes continuaban su lento avance hacia el Este, los blancos siempre seguidos a prudente distancia por los morenos. Es por eso que los morenos tardaron miles de años en alcanzar Egipto, donde se asentaron e impulsaron una civilización que duró otros tantos miles de años y en la cual oficiaron nuevamente como Sacerdotes de las Potencias de la Materia. Los Atlantes blancos, en tanto, siguieron siempre hacia el Este, atravesando Europa y Asia. Finalmente, los Atlantes partieron de la península ibérica.

Seguramente se preguntara ¿Cómo se aseguraron que las “misiones” impuestas a los pueblos nativos serían cumplidas en su ausencia? Mediante la celebración de un pacto con aquellos miembros del pueblo que iban a representar el Poder de los Dioses, un pacto que de no ser cumplido arriesgaba algo más que la perdida de la vida: los colaboradores de los Atlantes morenos ponían en juego la inmortalidad del Alma, en tanto que los seguidores de los Atlantes blancos respondían con la eternidad del Espíritu. Pero ambas misiones, tal como dije, eran esencialmente diferentes, y los acuerdos en que se fundaban, naturalmente, también lo eran: el de los Atlantes blancos fue un Pacto de Sangre, mientras que el de los Atlantes morenos consistió en un Pacto Cultural.

Mas ¿a dónde se dirigían los Atlantes blancos? A la ciudad de K’Taagar o Agartha, un sitio que, conforme a las revelaciones que tuve, era el refugio de algunos de los Dioses Liberadores, los que aún permanecían en la Tierra aguardando la llegada de los últimos combatientes. Aquella ignota ciudad había sido construida en la Tierra hacía millones de años, en los días en que los Dioses Liberadores legaron y se asentaron sobre un continente al que nombraron “Hiperbórea” en recuerdo de la Patria del Espíritu. En verdad, los Dioses Liberadores afirmaban provenir de “Hiperbórea”, un Mundo Increado, es decir, no creado por el Dios Creador, existente “más allá del Origen”: al Origen lo denominaban Thule y, según Ellos, Hiperbórea significaba “Patria del Espíritu”. Había, así, una Hiperbórea original y una Hiperbórea terrestre Toda la Sabiduría espiritual de la Atlántida era una herencia de Hiperbórea y por eso los Atlantes blancos se llamaban a sí mismos “Iniciados Hiperbóreos”. La mítica ciudad de Catigara o Katigara, que figura en todos los mapas anteriores al descubrimiento de América situada “cerca de China”, no es otra que K’Taagar, la morada de los Dioses Liberadores, en la que sólo se permite entrar a los Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura.

Algún día un ustedes los elegidos sabrán mas partes del relato yo no puedo proseguir ya vienen a buscarme espero que pronto alguien recoja el testigo que ahora dejo.

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