27- Haj 3


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Continuación…

Hisham cruzó a la vez temeroso y lleno de deseo entre las columnas de la rica mezquita engalanada. Pasando de un salón a otro, su corazón galopaba con rapidez. No supo en qué momento sus ojos vieron por vez primera la negra vestidura, pero sus lágrimas brotaron desde dentro, desde muy adentro. Tanto que descubrió en sí mismo la Sublime Morada. Las lágrimas cayeron sobre el mármol y se prosternó. Ya no había multitud ni sonido que pudiera distraerle de la Recitación. Sintió que había estado ausente perdido dominado por falsas luces que ahora quedaban apagadas frente al infinito poder de la luz verdadera. Recordó entonces las cosas olvidadas y supo que allí estaba su casa, el lugar donde su intimidad era sentida, donde podía encontrarse a solas con su Señor, el Dios Único, Solo y sin asociado, el Amigo Íntimo que de verdad le conocía. Sus lágrimas no estaban sólo enjugando una biografía sino que componían ahora el discurso de una creación. Lloraba también porque no podía decir nada, porque era consciente de que nada ni nadie podrá nunca articular palabra que Le describa. Lloraba también al darse cuenta de su insignificancia, de la gratuidad de tantos sufrimientos y gozos inútiles, de tantos recuerdos y deseos que se hacen trizas y se decoloran ante la Sola Realidad.

Cuando Hisham terminó su plegaria se internó en la corriente humana que envolvía el gran cubo negro, buscando la esquina oriental donde se debía iniciar la circunvalación. Aún, por la parte exterior era difícil avanzar entre la marea imparable de los creyentes, arrastrados por un caudal de humanidad que no dejaba de incrementarse. Olor corporal, sollozos, perfumes del medioriente, voces de súplica, presión de los cuerpos que no terminan de encontrar la nada…

hajj_stone_02.jpgHisham levantó su brazo derecho desnudo hacia el cielo y repitió el saludo mientras pasaba por delante de la majestuosa Kaaba.

Bismillah allahu akbar…

Cuando vio la puerta dorada entre las cabezas de los peregrinos sintió un deseo irreprimible de acercarse. Arrastrado por la multitud, dobló la esquina Norte. Sudor, súplica, presión, imposibilidad…

 La sharika lak…Labbaik…

Ahora se encontraba en la esquina occidental y la multitud se abría en ese sitio. Aprovechó para acercarse un poco más, y en la esquina del Sur, pudo ver a las gentes luchando por acariciar una de las piedras talares. Un olor intenso a perfume lo llenaba todo. Parecía imposible que, de pronto, desapareciera la presión de los cuerpos para volver aún con más intensidad.

Allahumma labbaik…

La tela negra dejaba al descubierto la parte inferior de la Kaaba, y Hisham pudo ver de cerca sus piedras oscuras de color indescriptible: estaban cogidas entre sí con un mortero marfileño, la tela, ricamente bordada con alabanzas al Señor de los Mundos, cuando la densidad humana se hizo insoportable.

Imnalhamda…

Esta vez pudo ver la hornacina de plata que, en la esquina oriental protege la Piedra Negra, entregada a Ibrahim (Abraham), la Paz sea con él, por un ángel, desde la colina de Abu Qubays, donde estaba conservada desde que llegó a la tierra procedente de los confines del Universo. Ibrahim y su hijo Ismael, la Paz sea con ellos, colocaron la piedra en la esquina oriental cuando terminaron de construir la Kaaba, por mandato de Allah. En ese tiempo profético se instituyó el rito de la Peregrinación, que adquirió su forma definitiva con la Revelación Coránica que transmitió el Mensajero de Allah, Muhammad (Mahoma), que la Paz y las bendiciones sean con él.

Hisham estaba en la segunda vuelta  su mente ya articulaba preguntas sobre la condición humana…

Wanniamatta…

¿Qué misteriosa energía hace posible ese irreprimible movimiento del ser humano hacia Dios?… ¿Qué fuerza es capaz de mantener al ser humano e incluso a la propia Historia, sujetos a un movimiento circular en torno a un cubo vacío desde los tiempos históricos más remotos?… Hisham empezó a adivinar las respuestas pero nada podía decir, como no fuera repetir la invocación, volverse hacia el Recuerdo…

Ahora había cruzado el Maqam de Ibrahim por dentro y se aproximaba hacia las piedras. El Hirch el muro bajo semicircular situado en la cara noroeste volvió a desviarlo. Se dio cuenta de que estaban depositando un cadáver, el cuerpo de algún peregrino que quiso allí morir, alcanzando así el Jardín prometido a los mártires, a los que mueren en el Camino de Allah. De la parte exterior del círculo irrumpió entonces una especial comitiva formada de altos porteadores que transportaban a los impedidos sobre angarillas. Inválidos y enfermos para los que la enfermedad y posiblemente el dinero no eran un obstáculo, cumplían así con los ritos prescritos. Figuras llenas de dignidad en medio de la vorágine de cuerpos amortajados…

Allahumma labbaik…

Allahumma…

Allahumma…

Tribus diferentes que llegan de todos los lugares del planeta…ojos rasgados del extremo oriente, dulzura de las islas donde se anticipa el jardín, cuerpos curtidos por el sol de la sabana, recia la voz, ahora música, bálsamos y aceites aromáticos. Lágrimas, sudor, que se disuelve en la marea de los que adoran, algún empujón desesperado entre brazos que quieren proteger a los cuerpos más débiles. Hombres que defienden a sus mujeres en el mar de los cuerpos, con sus brazos fuertes abren camino entre los caminos.

Allahumma…

Imnalhamda wanniamatta…

Un grupo penetra con evidente fuerza, sus miembros embriagados en el Recuerdo, los ojos cerrados, cuerpos empapados en sudor, perfume y lágrimas.

La illaha illa Allah…

La illaha illa Allah…

La illaha illa Allah…

Sonido que se pierde entre los demás, notas de una sola melodía…

Laka wal mulk…

La sharika lak…

Hisham ya no estaba presente, su persona se había desintegrado. Su cuerpo era llevado, arrastrado por una energía inevitable, su voz era también en ese instante la voz de cientos de miles de muhrim (peregrinos), recitando los más sentidos versos de adoración. Su conciencia ahora estaba abierta, no condicionada por el deseo. Presentes sus seres más queridos, las más viejas escenas de su memoria no compartían ya ningún argumento. Figuras olvidadas, momentos negados…

¿Tres vueltas? ¿Quizás cuatro? A Hisham le era ya del todo imposible llevar la cuenta.

Bismillah Allahu Akbar…

De nuevo contracción junto a la Puerta Dorada y, más adelante, muecas de la más baja naturaleza, sonidos animales que caen al suelo pisoteados en medio de la súplica. Otra vez se expande el espacio y Hisham está ahora tocando las piedras de la Kaaba. Un peregrino sudoroso vuelve su rostro envuelto en llanto: deja delante de sus ojos los sillares desnudos. Hisham bajó los párpados y, al tocar la piedra con los labios, sintió que su conciencia se proyectaba hacia el infinito, atravesando cielos poblados de galaxias innumerables. Millones de puntos luminosos en una oscura interioridad. Fue cuestión de una fracción de segundo, un tiempo imponderable en el que su alma abandonó su natural encarnación para volar libre de cualquier contingencia. Momento irrepetible, al abrir los ojos se encontró frente a un material veteado de minúsculos reflejos metálicos. Las piedras exhalaban un denso perfume, ungidas como estaban desde la antigüedad. Detrás del muro, nada. Tal es la forma en que Allah quiere ser adorado, Solo, sin asociado, Único, sin forma, sin objeto, sin rostro. Hisham estaba casi tocando la esquina del Sur. Pudo ver la piedra yemenita, en la que se adivinan grafismos intraducibles, fragmentos incisos de una escritura desvanecida. Manos de distintas tonalidades acariciaban sin cesar su superficie.

Allahumma…

Un poco más adelante, rozando el muro Sureste, algunos muhrims trataban de acercarse a la Piedra Negra. Hisham, puso la intención de tocarla y se adentró en el punto de mayor densidad. Parecía no haber fisuras entre los cuerpos. Sintió la imposibilidad de acercarse. Sobre la esquina, agarrado a una de las cuerdas que sujetan la tela, estaba colgado un guardia uniformado que intentaba disuadir a los peregrinos cuando la tensión se hacía peligrosa. La idea de morir aplastado era, más que una sensación, una posibilidad real que podía producirse en cualquier momento.

Violentos movimientos de brazos, y sonido de animales respiraciones. Rostros de los que luchan y no temen a la muerte. Rictus que ya sólo se miran de soslayo y de nuevo la marea que lleva a Hisham hacia la Puerta. Quiso volver pero ya no podía, arrastrado por los que iban saliendo de tan álgido espacio.

Bismillah Allahu Akbar…

La quinta vuelta casi desapareció de su conciencia. Todos los intentos por tocar la Piedra Negra habían resultado infructuosos. Hisham se consoló pensando en que tocar la piedra “Ni perjudica ni beneficia” y en el hecho de que no es obligatorio el tocarla, de que no forma parte de lo prescrito al peregrino. A pesar de ello, cuando estaba completando la sexta vuelta volvió a la carga y se zambulló empujando con toda la fuerza de que era capaz. La presión era tan insoportable que podía morir estrujado en cualquier instante. Aún era posible retroceder. Sintió miedo, un profundo terror ante la inminencia de su propia muerte. Nada de metáforas ni alegorías. Perdió fuerza por un instante y estuvo a punto de desfallecer. Súbitamente cesó el pánico, la presión y las voces. Se encontró agarrando con las manos el borde de una hornacina de plata que tiene en el centro una abertura. Metió la cabeza y besó la Piedra, negra por los pecados de toda la Humanidad, antigua y cansada. Sin saber cómo se encontró doblando la esquina. Bajo la Puerta había un claro y allí se quedó con el pecho pegado a las piedras. El sudor le corría a chorros y su pecho quedó adherido a la pared como una ventosa. Su corazón golpeaba el muro produciendo un sonido. Eran los aldabonazos desesperados de una criatura que reconocía al Poderoso, al Compasivo. Hisham miró hacia arriba y se fijó en la puerta cerrada.

La jawla ualla quata illa billah…

Allí acababan todos sus estados, frente a la puerta cerrada que guarda un espacio vacío de todo menos de Allah. Sintió que la Kaaba era como su corazón, un espacio interior donde se acaban las palabras, donde a veces resuena la Verdad. Órgano que escucha la Recitación y sede de su Conciencia y de su anhelo. Allí le pidió Hisham a su Señor los favores que más necesitaba. Expresó, sin hablar, los más puros deseos y allí se conoció a sí mismo como nunca antes lo había hecho. Allí desveló el secreto y comprendió la inmensa Sabiduría de Su Mandato. Allí van los creyentes para saber ya para siempre que Allah no está ni aquí ni allá, que no reside en este o aquel lugar, que el final del viaje está en el interior, y que nace del corazón de los que Le adoran y suplican sinceramente.

Hisham completó el Tawaf (vueltas rituales alrededor de la Kaaba) y se dirigió al Maqam de Ibrahim, (lugar donde quedaron marcadas las huellas de los pies del profeta Abraham) donde los que acaban las vueltas se detienen a posternarse dos veces.

Era difícil ocupar un espacio en medio de la corriente, pero en ese momento se escuchó el Adhán de Isha (ultima de las cinco oraciones del día) por todos los rincones. La llamada se extendió entre la multitud como si fuese un bálsamo y el movimiento se fue deteniendo poco a poco. Hisham se encontró de pronto formando parte de una de las filas circulares, alineado con otros peregrinos que se ya se disponían para hacer los rakaa (Cada una de las secuencias completas de la oración, de pie, inclinado, posternado y sentado). La solemne sensación de quietud y el silencio caluroso de la gigantesca mezquita le abrieron los ojos a Su Majestad. Quietos los corazones y los cuerpos, quietos como ese Templo Inmutable que se ofrecía a su visión, despojado ahora, por un momento, de sus contingentes rondadores. La recitación del Imán se extendió por todos los rincones y más allá. De nuevo sintió Hisham que la entonación y el ritmo de las oraciones escapaban de cualquier condición humana. No era la voz de ningún hombre, la palabra de ninguna criatura, o el discurso que quien se sabe perecedero, sino Palabra Eterna, ritmo de las estaciones y los días, de la sucesión del día y de la noche, del nacimiento y de la muerte. Después de la oración del salat, Hisham pudo hacer las postraciones del rakaa de la Sunna, mirando de frente la puerta cerrada de su íntimo vacío de todo menos de Allah, Alabado Sea.

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