26- Haj 2


Pelegrinos.JPG

Continuación…

Hisham estaba con un grupo de peregrinos en la puerta de uno de los negociados de inmigración, tomando café verde y masticando dátiles. Cuando, tras una interminable espera, pudo por fin abandonar el aeropuerto, supo que los llevaban en autobús hasta Taif, más allá de Meca. El viaje transcurrió por la llanura calcinada hasta que la carretera empezó a ascender por enormes montañas de roca. Se le hacía difícil a Hisham imaginar la travesía de los antiguos por aquellos parajes, a pleno sol, sin el recurso facilón del aire acondicionado, a pelo de camello y pellejo de agua. Ciertamente esa comunidad tuvo el privilegio de convivir con el Mensajero de Allah, la Paz sea con él, y escuchar la Recitación de sus propios labios, pero también es cierto que sus miembros fueron claramente probados. Finalmente el autobús se detuvo junto a una mezquita. Hisham y sus compañeros bajaron llevando en la mano una bolsa con el Ihram, las dos piezas de tela blanca sin costuras que son la única vestimenta del muhrim (peregrino). Cientos de musulmanes se agolpaban en las inmediaciones de los lugares de ablución, esperando turno para purificarse con el agua e invocar al Señor de los Mundos. Hisham contagiado de la fe que emanaba del lugar salió con la ropa en la mano, algunos de sus compañeros estaban ajustándose las dos piezas del ihram, difícil maniobra cuando no se tiene mucha práctica. Cuando Hisham guardaba su ropa en el autobús se oyó el adhan (llamada a la oración) y entró con sus compañeros en la mezquita.

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El imam recitaba con una entonación especial. Aunque no dominaba el árabe, Hisham sintió toda la dulzura de esa lengua y la belleza incomparable del Divino Discurso. Después realizar la segunda de las cinco oraciones que todo musulmán esta obligado a hacer cada día, se quedó un rato en la mezquita citando los nombres de Dios. Mientras repetía las letanías, su corazón sintió la proximidad de una situación muchas veces imaginada. Dentro de poco iba a visitar la Casa Sagrada. Como musulmán, sabía que Allah manda que se peregrine a Meca, al menos una vez en la vida, si se dispone de medios para ello. Él ha dicho que los creyentes tengan la Kaaba como centro en sus oraciones de cada día. La idea de llegar a ese Centro, le resultaba a Hisham inquietante, sobrecogedor. Ese era uno de los misterios que su mente no había podido resolver, porque a fin de cuentas no era una cuestión de razonamiento sino de fe.

Ya de noche, la luna avanzaba hacia el cuarto creciente el autobús avanzaba penosamente por la carretera de Meca a Mukarrama los peregrinos se acostumbraban a recitar la invocación que habría de acompañarles durante todo el Haj (peregrinación)

Oh Dios mío
He aceptado Tu Orden, y he venido para obedecerte.
Tuyas son las alabanzas.
He aceptado Tu Orden y he venido para obedecerte.
Tuyas son las bendiciones.
He aceptado Tu Orden y he venido para obedecerte.
Tuya es la soberanía.
He aceptado Tu Orden y he venido para obedecerte.
Nada puede ser asociado contigo.

Cuando por fin se detuvo en las inmediaciones del lugar sagrado, Hisham se dio cuenta de la densidad inimaginable que poblaba las calles. La multitud parecía un solo organismo que se expandía por todos sitios, encogiéndose por momentos, como una cinta sin fin que se moviera en todas las direcciones. El grupo de Hisham descendió por una calle limitada por un alto muro que, según les indicó uno de los guías, cerraba el espacio del palacio real. Cuando llegaron abajo, Hisham pudo darse cuenta de que estaba pisando los mármoles blancos que conducían a la casa de dios y, al levantar los ojos, los potentes reflectores le mostraron, iluminados, la fachada de la Mezquita y los alminares. El guía señalo el reloj de una nueva y recién construida torre de babel que rivalizaba en esplendor con la gran mezquita.  Les dijo que, en caso de perderse, volvieran al autocar en tres horas. No tenía pérdida. El reloj se veía desde todos los rincones de la plaza. De hecho su propósito es que fuese visible a diez kilómetros.

“Labbaik, Allahumma labbaik”

Resonaba por todos sitios. La multitud ofrecía el rostro único de toda la genealogía humana, la expresión de una diversidad elocuente que no había dejado nada en el tintero de las posibilidades. El vicio y la virtud, promesas del cielo y del infierno, cruzándose en el mar de hombres, mujeres y niños que ya desembocaba en el interior, buscando un punto sin dimensión que era su sola referencia.

Sigue…

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