17- Costa del Maresme Martes 10 de Julio.


Un día de la  vida del hombre virtuoso,vale más que mil años de la vida del necio.

El tiempo se había detenido en el yate de Ángel.  Tobías  y su anfitrión habían sacado las cañas de pescar. Las expectativas de conseguir por ellos mismos el alimento se desvanecían. Con la caída del sol.

—Creo que deberíamos ir pensando en la cena y sacar algo del congelador.

—Esta claro que no sobreviviríamos ni una semana en el desierto si tuviésemos que valernos de nuestras habilidades.

Tobías dejo despreocupadamente su caña en el suelo  y se dirigió al arcón congelador, escrutando la totalidad de su contenido.
—¿Es que no piensas comprar comida? Nostendremos que apañar con cenar unas pizzas.

Tobías dejo en la encimera dos pizzas para que se descongelasen. Salió a cubierta, volvió a acomodarse en su sillón y abrió la lata de cerveza que llevaba en la mano.

—¡Ho! ¿Querías una?

—Da igual ya me la voy a buscar

—Lo siento era la ultima….  ¿Hablabas del desierto verdad? Te contare una historia, mientras se hace la hora de cena; escucha muchacho…

Año 605 de la Era Cristiana: Parcialmente destruida por un incendio, la Kaaba había quedado mal reparada; su tejado estaba hundido y los ladrones aprovechaban la brecha para introducirse en el santuario y llevarse las ofrendas de los peregrinos. Era urgente repararlo de nuevo, pero desgraciadamente los muros estaban tan deteriorados que no podían soportar la menor sobrecarga: era indispensable echarlos abajo. Pero si la reparación de un monumento tan venerado no levantaba ninguna objeción, su demolición parecía el peor de los sacrilegios. Las dudas aumentaron aún más por la aparición de una gran serpiente que había tomado la costumbre de salir todos los días de la cámara para tomar el sol contra el muro de la Kaaba. Si alguien se acercaba esta alzaba la cabeza y silbaba amenazante con las fauces abiertas. Esto mantenía a la población  aterrada pues sin duda no se trataba de una serpiente común.

Un día, mientras el reptil tomaba el sol, un águila, se lanzo en picado y se  apodero de la serpiente. Inmovilizada por sus garras la serpiente fue sacrificada de un certero picotazo y el águila se marcho volando con ella.  El clan de los Quraisies se dijeron: “Ahora ciertamente podemos esperar que a Al-lâh le complazca nuestro propósito. Tenemos un artesano cuyo corazón está con nosotros, y tenemos madera, y Al-lâh nos ha desembarazado de la serpiente”. Los Quraisies por fin se atrevieron a derribar los viejos muros cuyos despojos cubrieron el suelo. Días después cuando los muros habían  sido demolidos hasta los cimientos, se encontraron con grandes guijarros verdosos, parecidos a las jorobas de los camellos, colocados unos junto a otros. Los hombres identificaron las piedras como las que en su día pusiese el mismísimo Abraham. Cuando un hombre encajo una palanca entre dos de estas piedras para alzar una de ellas,  con el primer movimiento de la piedra comienzo una violenta sacudida que estremeció toda la Meca, el suceso fue interpretado como una señal de que debían dejar los cimientos intactos. Con el celo que provoca la rivalidad, los trabajadores elevaron las paredes hasta la altura donde debía quedar sellada la  Piedra Negra, “Al-Hayar Al-Aswad”. ¿En quién iba a recaer el gran honor de volver a colocar en su sitio la preciada reliquia? Por todos ellos era conocido que aquel que alojara pecados en su corazón no era digno de trasladar la piedra. Juraron guardar en secreto la suerte que había corrido el hombre que ignorante del peligro la movió de su ubicación original con la intención de alojarla en el cesto que bebía protegerla. Ninguno tenía  certeza sobre  la pureza de su corazón  pero tampoco estaban dispuestos a renunciar  al prestigio que la familia y el clan obtendrían por alojar la piedra en la esquina de la Kaaba. No había acuerdo posible, pues cada clan, alegando su nobleza o su mérito, hacía que las discusiones se enconaran hasta tal grado, que empezaban a temerse las peores consecuencias. Presa de los celos, los clanes se empezaban a enfrentar; los Bani Abd ed Dár, uniéndose con los Bani’Adi ben Ka’aba, trajeron una escudilla repleta de Sangre y metiendo en ella las manos jurando morir antes que dejar a otros ese honor que estimaban pertenecerles en pleno derecho.

Durante cuatro días y cuatro noches, los clanes enfrentados permanecieron en sus posiciones, únicamente ocupados en vigilarse los unos a los otros. Finalmente, el más anciano de todos tomó la palabra: “Es preciso acabar con todo esto, les dijo, y he aquí lo que os propongo: tomad por árbitro a la primera persona que entre en este recinto, para que juzgue las diferencias que os separan”. La opinión no disgustó a los irreductibles rivales y finalmente la adoptaron. Casi en ese instante, vieron avanzar hacia ellos a un joven de una treintena de años, en quién reconocieron a “El Amín” (El Fiel), es decir: Muhammad. El azar no pudo elegir mejor; todos, en común acuerdo, lo aceptaron por árbitro dejando en sus manos las causas del conflicto. Cuando hubieron terminado sus explicaciones Muhammad, en lugar de discutir sus respectivas pretensiones, les dijo simplemente: “Traed una manta y extendedla en la tierra”. Después de ser obedecido, Muhammad introdujo sus manos en la tierra removida de la kaaba como acto de purificación y para sorpresa de todos los presentes cogió la Piedra Negra con sus manos, la puso en el centro de la manta extendida y dijo:
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“Ahora elevad la manta todos a la vez, hasta la altura del muro”. Obedecieron y, cuando la manta se encontraba elevada a la altura del lugar donde debía quedar sellada la Piedra Negra, Muhammad volvió a tomar la reliquia y la depositó en su lugar con sus propias manos. Gracias a su aplomo, todo tema de discusión desapareció: había dado satisfacción a cada uno de los partidos rivales privándoles del prestigio individual sin elevar a ninguno de ellos por encima del otro. Pero eximiéndoles de una prueba que habría juzgado la pureza de su corazón. Muhammad se había asegurado un puesto de honor que nadie pensó en negárselo.

Las paredes de la parte alta de la Piedra Negra se acabaron rápidamente por los trabajadores reconciliados. Las vigas de un navío hundido en la costa de Yeddah sirvieron para la realización de un tejadillo en terraza, y, una vez terminado el monumento, se recubrió con un velo de lino finísimo, tejido por los coptos. Más tarde, este velo fue un tejido rayado del Yemen; finalmente,la Kaaba fue vestida por Hayayben Yúsuj con la “Kisua” o tela de seda negra la que lleva en la actualidad y que se le renueva cada año.

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