(ROJO 36) Día 9


El Rio:

Las noches se hacían más soportables, aunque siempre iba buscando un lugar entre las rocas para taparme con mi poncho. Más allá de que fuese primavera, transitar en soledad las noches estrelladas de una cordillera a más de 4.000 metros de altura donde el frió siempre es intenso era algo bastante difícil,

Poco después de que echara a andar, por la orilla del río que seguía decidí tomar un trago, una pendiente abrupta me separaba del agua. Empecé a bajar cuidadosamente, pero perdí pie y caí rodando hasta abajo. Quede tendido, arañado y magullado, en el barro junto al agua, demasiado cansado, demasiado débil y demasiado infeliz para moverme. Gruesos lagrimones se formaron en mis ojos, y tristes lamentos rasgaron el aire. Nadie me oyó. Nadie acudió. No quería ponerme en pie, no quería seguir adelante, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Quedarme allí llorando en el barro?

Después de subir y bajar montañas, y más de dos semanas caminando, decidí cruzar un río para poder llegar a otro valle. El cansancio, la mala alimentación y la tristeza…me llevaron a cruzar sin evaluar los riesgos La corriente me arrastró varios cientos de metros hasta que pude sujetarme a una rama y salir del agua. Con mi poncho mojado y habiendo perdido una bota, seguí caminando hasta que mi cuerpo dijo basta. Me recosté dentro del tronco vacío de un alcornoque para protegerme del viento y me abandone a mi suerte.

Pase el día entero en su estrecha cavidad, también la noche y la mayor parte del día siguiente el reducido espacio a pesar que no me permitía estirarme. Estuve delirando de hambre y frío. Caí presa de un temor constante y angustioso. Durante  días y noches permanecí sin apenas moverme. Había decidido quedarme ahí, no caminar más. Estaba exhausto y dispuesto a rendirme. Pasaría mis últimos días en mi   reducido refugio del árbol.

4 La luz del sol, al penetrar en mi nido de hojas, me despertó.

No fue ni el hambre, ni mi dolorosa insolación. Lo que me sacó finalmente de mi refugio: fue la sed.

Sali del cobijo entibiado por el calor de mi cuerpo y me dirigí al río para beber agua

5 Las crecidas acumulan ramas en las orillas de los ríos y en ocasiones las convierten en un auténtico filón. Las ramas más bajas de los árboles están, con frecuencia, secas y se rompen con facilidad.

Me resultaba imposible no sentir miedo. Estaba aislado y perdido lejos de todo lo que conocía. Era una reacción natural frente a elementos hostiles, un miedo que agudiza los sentidos y prepara el cuerpo para luchar o huir

Recordar los consejos de Padre, sus palabras, me inspiraban confianza evitando que sucumbiese al pánico.

Concentré mi pensamiento en el análisis de la situación y las tareas que debía realizar para aumentar mis probabilidades de supervivencia, y eliminar de inmediato cualquier pensamiento autocompasivo, o de desesperación.

Con la soledad llego el tedio de forma gradual. Una vez realizadas las tareas inmediatas, mi mente comenzaba a divagar y a jugarme malas pasadas. No pude evitar caer en la depresión y en restar importancia a la voluntad de sobrevivir.

Sin embargo el espíritu de Padre era muy superior al mío y me obligaba a mantener la mente ocupada. Siempre existen tareas que realizar para aumentar las probabilidades de encontrar ayuda, o simplemente para estar más cómodo. Analicé los peligros o emergencias que me pudiesen sobrevenir y preparé planes para afrontarlos. Empecé a elaborar un programa de actividades sabia que debía hacer ahora debía convencer a mi cuerpo y a los dioses de mi interior para que lo hiciesen así que empecé a luchar contra la voz que me decía que no podía que no con seguiría sobrevivir. Cualquier cosa vale cuando ya no se te ocurre nada que hacer y tu mente comienza a desobedecerte hundiéndose en la desesperación.

El sonido del arallan distrajo a una Cabra que huyó cuesta abajo por la escarpada montaña rojo envidio la agilidad y energía de la bestia. (Margen al relato paralelo)

rojo se acercó con sigilo  no tardo en comprender que una cabra en su descenso se había despeñado, tenía una pierna herida y le faltaba fuerza para escapar de las zarzas en las que se había enredado al caer del barranco junto a la cabra permanecía el pequeño chivo que había encontrado la manera de llegar junto a su madre.

Rojo sintió el calor tibio en sus dedos al entrar en contacto con el cuerpo del animal sin pensarlo dos veces empezó a succionar la leche de la oveja el alimento dulce y cálido reconforto de inmediato al muchacho.

Rojo intento por todos los medios liberar a la cabra pero inevitablemente el terror de sentirse atrapada a meced de lo que el animal identificaba como un depredador producía que esta se revolviese ante cualquier raspamiento involuntario por mi parte

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