(ROJO 14) Los extranjeros.


exoTodos los clanes eran bienvenidos incluso los que en los últimos años procedentes de las tierras bajas del sur atravesaban nuestros territorios.

El intercambio de relatos era nuestra forma de conocer lo que pasaba más allá de nuestras tierras, nos permitía tener recuerdo de los hechos pasados con la que construir una identidad distintiva. Todos del más joven al más anciano contábamos relatos y hacerlo bien otorgaba un prestigio y credibilidad al narrador equiparable al del mejor de los cazadores.

Los relatos de los forasteros aterrorizaban a los niños pero más aún a los adultos. Aseguraban que el mar se estaba comiendo la tierra. Eran habituales historias como la de un pescador que se durmió en la playa dentro de su balsa y cuando la luz de Isik ilumino la orilla apareció tan lejana que la pértiga con la que se impulsaba su balsa no alcazaba el fondo. Aseguraban que muchos asentamientos que parecían estar seguros por estar en terreno elevado habían sido rodeados por la aguas y en pocos días todo acababa sumergido. Cada uno interpretaba a su manera lo que estaba escuchando más aún en el caso de relatos que habían sido narrados en dialectos y con expresiones que no eran de uso común en el clan.  No existían dos historias iguales aunque todas coincidían, en que las olas del mar entraban cada vez más adentro de la costa y ya no retrocedían.

Las tierras del lago eran un terreno común  eso quiere decir que no pertenecían a ningún clan en particular. Una zona común solía ser un cruce de caminos. El final de un desfiladero, un pequeño espacio abierto en medio del bosque o una fuente de agua en una gran extensión árida  siempre  se consideraban zonas a compartir. Tampoco hay que dar por sentado que mi vida transcurría en un mundo idílico donde la bondad y el bien común eran la norma a seguir. Simplemente  que pretender ser dueño de espacios de tanto transito era la peor forma de evitar los conflictos entre vecinos.

Las normas de los clanes de la montaña eran desconocidas por los clanes de las tierras bajas que ascendían atemorizados en grupos numerosos y de manera continua. Los clanes del bosque podían ser rudos en el trato con los extraños pero su naturaleza no era agresiva. Las gentes de las llanuras del sur por el contrario se mostraban arrogantes sabían que media docena de hombres golpeándose el pecho con actitud amenazante eran un peligro muy inferior al que dejaban a sus espaldas. No estaban dispuestos a perder tiempo en respetar nada ni a nadie que les impidiera la huida. Por suerte las peleas se reducían a simples demostraciones de fuerza en las que en el caso de que se produjesen heridos nunca eran de gravedad

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